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El Día del Señor

La verdadera religión brota de la interioridad del corazón

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
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02 de Septiembre del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Jesucristo es la figura máxima de la religión católica.
Cortesía / Jesucristo es la figura máxima de la religión católica.

De acuerdo con el ordenamiento de la liturgia eucarística dominical, después del paréntesis de cinco domingos en los cuales la Iglesia nos ha presentado el “discurso del pan de vida”, en el capítulo sexto del evangelio de San Juan, hoy de nuevo volvemos a los textos del evangelista San Marcos con la actividad apostólica de Jesús fuera de Galilea.

El evangelio de hoy tiene dos partes: la primera trata de las tradiciones religiosas rabínicas de los escribas y fariseos en contraste con las enseñanzas de Cristo, de lo cual surgen las actitudes de odio, negación y rechazo para con él.

La segunda se refiere a lo puro e impuro con relación a la religión bien entendida que debe brotar desde la interioridad del corazón humano con las virtudes religiosas fundamentales de humildad, rectitud y limpieza moral.

Nuestra homilía de este domingo tocará el tema de la verdadera religión y su culto verdadero y auténtico, que surgen desde la interioridad del corazón y la conciencia humana frente a Dios, a quien no podemos engañar con meras exterioridades sin sustento de lo que debe ser el verdadero culto “en espíritu y en verdad”.

Jesucristo establece el culto verdadero

En la primera parte del evangelio de este día, tenemos un careo poco amistoso de Jesús con sus oponentes, los fariseos y algunos escribas, peritos en la ley mosaica venidos de Jerusalén.
Son ellos los que suscitan la cuestión que San Marcos nos relata. 

Al ver que algunos de los discípulos de Jesús comían sin lavarse las manos, le preguntan incisivos: “¿Porqué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?”

Porque lavarse las manos antes de comer, no era prescripción de la ley mosaica, sino tradición de los rabinos (maestros y peritos de la ley) de acuerdo a la Mishná (formulación de leyes de esos escribas y fariseos).

Pero Jesús les responde, atacándolos de frente y con valentía: “Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas. Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. 

El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Ustedes dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres”.

Y en la segunda parte del evangelio que estamos considerando, dirigida a todos, se refiere a lo que hace impuro al hombre, habla Cristo, sobre lo puro e impuro, no en sentido meramente ritual, sino moral y personal, es decir, en relación de la conciencia del hombre ante Dios: “Escúchenme todos y entiéndanme.

Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro; porque del corazón del hombre salen las intenciones malas: las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las injusticias, los fraudes, los desenfrenos, las envidias, la difamación, el orgullo y la frivolidad.

Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre”.

Cristo habla muy claro y con sabiduría de Dios y hombre, a todos los hombres, contemporáneos suyos y a todas las generaciones de la historia hasta la nuestra. Él nos dice también: “El cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán, porque yo tengo palabras de vida eterna”.

Aplicaciones prácticas para lo doctrina evangélica

Con el examen leal y sincero con nosotros mismos y en oración ante Dios que todo lo conoce y al cual nunca podremos mentir y engañar, debemos arrepentirnos de todo aquello que sea doblez y engaño para auto justificarnos sin tener la razón.

En nuestra vida religiosa debemos desterrar toda hipocresía y ser transparentes con Dios y con nuestros prójimos.

Si pedimos a Dios que nos dé un corazón humilde, recto y sencillo, ciertamente nos lo dará.
Siempre en todas nuestras acciones ha de brillar la verdad y desterrar las mentiras y las falsas apariencias. Ser lo que somos con rectitud moral normados siempre por el bien sin caer en el pecado de orgullo y soberbia.

A Dios no se le honra y se le adora sólo con los labios, si está ausente nuestro corazón.

La práctica religiosa ayuda a purificar y convertir el corazón, pero no lo hace “por arte de magia”, se necesita siempre estar alertas para no sucumbir a la mentira y a las meras apariencias.

Lo que se pide hoy día es una revisión constante de nuestras prácticas religiosas para verificar su validez y autenticidad. Que no haya divorcio entre fe y obras y que actuemos movidos por el verdadero amor y servicio a Dios y a nuestros prójimos.

Por último, pedir a Nuestro Señor que siempre seamos transparentes y coherentes en nuestras, palabras, pensamientos y obras.

Digamos desde el fondo de nuestros corazones, lo que se expresa con un cántico de culto “Danos un corazón fuerte para amar; danos un corazón fuerte para luchar”, porque entonces tendremos la paz y el gozo de ejercer el sentido recto de nuestro culto a Dios y que sea como el incienso fragante y así pueda subir a la presencia del Altísimo en comunión con él y con los hermanos.

Obispo emérito de Zacatecas*