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Crónicas de violencia

El momento que salvó mi vida

Lilith Rivera
~
26 de Septiembre del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Como cada día don Pepe estaba en su pequeño establecimiento esperando algún cliente para poder llevar algo de comer a su casa.

Rayaba en el mediodía de un cálido verano, el calor y la aridez de la zona se sentían más que otros días, cuando unos pasos se escucharon atravesando el pequeño local, acompañado por el sonido de unos balbuceos  y unos pequeños bracitos buscando apapacho en él lo hicieron irradiar felicidad, su nieta y su hija habían llegado a visitarlo.

Esa pequeña le había cambiado el humor y había disipado la preocupación que había tenido durante toda la mañana por las pocas ventas y un cliente con el que había discutido más temprano.  

La alegría tanto en los ojos del recién estrenado abuelo y la pequeña eran evidentes, por lo que su hija, sabedora del amor que su pequeña y el abuelo se profesaban le pidió que le cuidara a la bebé mientras ella iba a una cita de trabajo.

Después de dejar su pañalera, leche, ropita y los juguetes de la niña, la joven mamá salió y el abuelo se quedó jugando con su nieta, en una cada vez más malsurtida refaccionaria.

El abuelo se dedicó por un rato a jugar y a robar las risas de esa pequeña de grandes ojos cafés y boca pequeña, pensaba cómo esa minúscula criatura le había cambiado el sentido a su vida, cuando un hombre entró bruscamente.

Don Pepe de inmediato se dirigió a él y le preguntó si le podía ayudar en algo, pero la respuesta del sujeto fue sacar un arma y encañonarlo, en ese momento no le preocupó su vida, pensó en su nieta, por lo que la abrazó fuerte contra su pecho para tratar de protegerla.

Después de su abrupta presentación, el sujeto dijo ser un comandante de un grupo del crimen organizado y le reclamó una venta que había hecho un par de horas antes.

El pobre vendedor asustado todavía y con su pequeña en brazos, no se percató que ella ajena al clima de violencia que ocurría en ese momento sonrió y comenzó a balbucear y con sus pequeños brazos pedirle al hombre armado que la cargara, tal vez, dice hoy el abuelo, en su inocencia trataba de defenderlo.

El sujeto iba de parte del cliente con quien antes había discutido por el precio de unas piezas, pues este le pareció demasiado elevado.

La niña de entre 9 y 10 meses de edad seguía insistiendo en que ese hombre la cargara, como se dice comúnmente “le daba los bracitos”.

Ese hombre que iba armado hasta los dientes se decidió a cargarla, arrebatándola un poco brusco del abuelo y comenzó a sonreír con ella, le dijo que acababa de ser papá, pero que su hija y esposa estaban en un estado al sur del país y que deseaba cargarla como lo hacía con la bebé, jugó con ella y la trató como si fuera suya, en ese momento parecía otro, se había transformado de un duro y agresivo desconocido, en un compañero de juegos para la bebé.

Más tranquilo, “el comandante” exigió ver las facturas de los proveedores y el precio de venta de las piezas, pudo comprobar que la ganancia era mínima y no un robo como al principio acusó.

A diferencia de cuando tomó a la pequeñita en sus brazos, la regresó al nervioso hombrecillo y le dijo que tener a su bebé era su bendición, porque si no hubiera estado la vida se la hubiera arrebatado sin preguntar.

Le advirtió que tuviera cuidado con los precios, porque él no daba segundas oportunidades, apenas arrancó la camioneta, don Pepe abrazó fuerte a su niña y consideró que volvió a nacer.

Aunque eso ocurrió hace ya casi una década, don Pepe no olvida el motivo por el que cerró su refaccionaria y huyó de su país.

Cada que escucha reír y hablar a su nieta sabe que le debe la vida y también se pregunta qué hubiera pasado si ella no hubiera estado, o si le hubieran arrebatado la vida frente a ella; la niña es noble y muy tierna, ahora cuida a sus primos pequeños con gran amor y don Pepe sabe que solo estando lejos podrá protegerla de tanta violencia.  

Sobre el “comandante” supo que había perdido la vida en un enfrentamiento, pocos años después y a pesar de la insistencia de su familia de regresar a su pueblo natal, don Pepe optó por nunca regresar.