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El Día del Señor

Jesucristo ofrece su amor con dimensión universal

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
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30 de Septiembre del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




El obispo dijo que Dios quiere que todos se salven y lleguen a conocer su verdad y su amor.
Cortesía / El obispo dijo que Dios quiere que todos se salven y lleguen a conocer su verdad y su amor.

En este domingo la primera lectura y la del evangelio, nos hacen ver, que el don de Jesucristo que el Padre eterno nos da gratuitamente en orden a la salvación, temporal y eterna, de todos los hombres, quienes con rectitud y lealtad de mente y de corazón, libremente la acepten, no se circunscribe estrechamente a los que pertenecemos al Reino de Dios con fe iluminada por la revelación de Cristo a través de la Iglesia.

Lo anterior quiere decir que Jesús, nuestro salvador y redentor ofrece su verdad y su amor con apertura y dimensión universales. Porque él es el único mediador entre Dios y los hombres, de todos los tiempos, generaciones y culturas hasta llegar a nosotros. Dios, con su revelación, quiere que todos los hombres se salven y lleguen a conocer y poseer su verdad y su amor.

Esto que afirmamos, de acuerdo a la doctrina de la Iglesia Católica, se desprende de los textos bíblicos de nuestra actual celebración eucarística dominical.

Reflexionemos, pues, y asimilemos la doctrina que hoy estamos llamados a contemplar y hacer vida en los días de nuestra presencia en este mundo, camino hacia la casa de Dios Uno y Trino.

Su verdad tiene apertura infinita

En efecto, apertura frente al número cerrado y tolerancia es lo que revelan las nobles respuestas de Jesús y de Moisés.

En la primera lectura tomada del libro de los Números se nos narra, la elección de los setenta ancianos que Moisés hace por mandato divino para que participaran del don de gobierno y profetismo que Dios le había conferido.

El objetivo de este relato es doble: introducir a Josué en la historia de salvación quien sería el sucesor de Moisés, y dar una lección magistral sobre la universalidad del espíritu de profecía.
Eldad y Medad son dos nombres que no aparecen en otro lugar de la Biblia. 

Los nombres tienen raíces hebreas: Eldad significa “Dios ama” y Medad “Amado por Dios”.

Estos ancianos habían sido convocados para estar con el grupo de los setenta que Moisés había llamado para que recibieran el espíritu de profecía y de hecho al recibir este espíritu, se pusieron a profetizar.

Eldad y Medad se habían quedado en el campamento y también sobre ellos se posó el espíritu de profecía y allí mismo empezaron a profetizar. Estos ancianos, sin duda, también habían sido contados entre los elegidos por Dios y por medio de Moisés. Un muchacho corrió a contarle a Moisés que esos ancianos en el campamento también profetizaban.

Entonces Josué, hijo de Nun, que desde muy joven era ayudante muy cercano a Moisés, le dijo:

“Señor mío prohíbeselo”. Pero Moisés le respondió: “¿Crees que voy a ponerme celoso? Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre ellos el espíritu del Señor”.

Fijémonos que la reacción del líder es sublime: defiende el equilibrio entre autoridad, entre el liderazgo indiscutible de uno y la coparticipación activa, no solo de sus consejeros sino del pueblo entero.

En otras palabras, Moisés niega el sectarismo y exalta la multiplicidad de carismas.

Por lo que respecta al evangelio de hoy, el apóstol Juan, el hijo de Zebedeo, reconoce que el exorcista quien actuaba en nombre de Cristo, tenía mucho éxito en expulsar los demonios de los posesos, pero se pone celoso al decirle a Jesús que sus discípulos le habían prohibido actuar de esta manera sin la autorización expresa del mismo Señor.

A este apóstol, le costaba entender que otros, más allá del grupo cercano a Jesús, tuvieran derecho a hacer el bien en su nombre. El Maestro, en cambio, invita a mirar como amigo, en la acción apostólica, a todo aquel que no sea declarado adversario.

Conclusión

Podemos concluir nuestra homilía, considerando con la actitud del mismo Jesús, que el soplo del Espíritu Santo y sus carismas no están reservados únicamente a sus creyentes y a quienes expresamente son enviados por Jesús.

Su elección y salvación no son propiedad exclusiva de nadie.

La acción vivificante del Espíritu Santo que Cristo ofrece es para todos los hombres que libremente quieran seguir a Jesús. La verdad y el amor del Señor tienen carácter de universalidad.

Dios quiere por Cristo y con el sello del Espíritu Santo, que todos los hombres se salven y den gloria al Padre, de quien viene todo don y dádiva perfecta.

¡Pidamos a Dios, que nos dé un corazón y un alma con apertura de verdad y de amor, que no tienen límites ni fronteras porque brotan de la fuente única y universal de Dios que nos ama a todos sin reducciones ni preferencias que atenten a la dignidad de los hombres imagen y semejanza suya!

Obispo emérito de Zacatecas*