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La Ciénega de los Dolores, una joya arquitectónica en Jerez

Silvia Vanegas
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01 de Octubre del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




La finca fue construida hace 263 años.
Silvia Vanegas / La finca fue construida hace 263 años.

JEREZ.- La exhacienda de Ciénega de los Dolores es el testimonio de un pasado de grandeza, con su sin igual belleza arquitectónica en la que la arquería, los gruesos muros, así como los pórticos de cantera,  guardan con sigilo historias del pasado.

 Esta exhacienda  llena de leyendas, posee una de las “casas grandes” mejor preservada en la región, pues aún se conserva el local de la tienda de raya,  en el cual desde hace más de un siglo se estableció una tienda de abarrotes.

Tras su mostrador María Dolores de la Torre, narra que ésta fue la tienda de raya y el abuelo de su suegro llamado Juan Pablo Hernández Casas era el pagador.

Manifestó que el local nunca se desmembró o se ha rentado. Como gratitud con su empleado, los hacendados le dejaron el local en calidad de préstamo y pese al cambio de propietarios, el acuerdo se conserva inclusive con las nuevas generaciones  de la familia Hernández.

Dicho acuerdo se realizó con la familia Gordoa, quienes por más de un siglo fueron los propietarios de esta hacienda, adquirida por Antonio María de Gordoa en el año de 1815 por la cantidad de 142 mil pesos, así lo refiere el historiador jerezano Luis Miguel Berumen Félix.

Esta propiedad fue adquirida de forma conjunta con la hacienda de Santa Rosa de Lima de Malpaso, cuyo precio fue de 347 mil 842 pesos y dos reales, además de  El Maguey.

La exhacienda  Ciénega  de  los Dolores data de 1782, según lo indica la placa de su exterior, pero el templo inició su construcción en 1820,  en el interior conserva su pintura original y ahí reposan los restos de la familia Gordoa, así como las familias de linaje como los Viadero y Breña con las que emparentaron.

Con la revolución, los Gordoa como muchas otras familias salieron de Jerez y la hacienda fue repartida, pero el área de la casa grande fue adquirida por el presbítero Carlos Uriel Argüelles, cuya familia aún la conserva, así como el viejo acuerdo de apoyar a  la familia del pagador de la tienda de raya de los Gordoa.

La vieja casona parece albergar los murmullos de sus antiguos propietarios, aquellos que llegaron del viejo continente y a los que tierra del nuevo mundo cobijó en su eterno sueño.