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La paja en el ojo ajeno

Juan Carlos Ramos León
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03 de Octubre del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Tienen derecho a un juicio justo.
Imagen / Tienen derecho a un juicio justo.

Siempre ha sido bien fácil ver la paja en el ojo ajeno pero no así la viga que se tiene en el propio. A la hora de evidenciar a un culpable todos nos preparamos para arrojar la primera piedra y hasta tomamos la más grande que podemos levantar, pero no más nos piden cuentas acerca de nuestra propia conducta y salimos con un montón de excusas haciéndonos las víctimas.

La Iglesia Católica vuelve a estar en el ojo del huracán por casos de encubrimiento a ministros pederastas de Estados Unidos, Irlanda, Chile y Alemania pero se la sienta en el banquillo de los acusados como institución, como si aquello se tratase de un consentimiento sistemático cuando no es así. Yo soy la Iglesia Católica y no soy pederasta. Y jamás encubriría a alguno. Y conozco a cientos, tal vez miles de fieles católicos en la misma condición; es más, lejos de “no ser” malos son extraordinariamente buenos. Pero ¡oh, lamentable! ellos no son noticia.

¿Por qué somos tan ingratas las personas? Cuando alguien se equivoca todos nos apuramos en ponerlo en evidencia pero a quien obra recta y justamente ni caso le hacemos; en el mejor de los casos nos burlamos de él y lo tildamos de ‘tonto’. La vara para medir al que se profese católico es muy alta, y va subiendo si además se es religioso, sacerdote, obispo, cardenal o Papa. Ellos tienen que ser perfectos, ¿no? Pero el ser humano promedio tiene todas las concesiones, es más, por ahí en España ya hay movimientos que promueven la pedofilia como algo natural y legítimo y, de mi se acuerdan, en no muchos años va a convertirse en algo más que una simple tendencia.

Tampoco pretendo justificar o atenuar la gravedad de estas abominables faltas por parte de ministros de mi Iglesia.

Tienen derecho a un juicio justo. Si se les halla culpables merecen un castigo. Si se les encubrió, quien lo haya hecho también merece castigo, pero quede claro que ni la infracción ni el encubrimiento se tratan de conductas toleradas o aceptadas por siquiera uno de sus miembros, juegue el papel que juegue.