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El Día del Señor

Creer para ver y amar

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
~
28 de Octubre del 2018 05:00 hrs
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“La luz quita toda obscuridad y tinieblas del pecado”, Fernando Mario Chávez Ruvalcaba.
Cortesía / “La luz quita toda obscuridad y tinieblas del pecado”, Fernando Mario Chávez Ruvalcaba.

Cada domingo la Iglesia a nombre de Cristo que la envía a predicar la Buena Nueva del Reino de Dios, nos ofrece textos selectos de las Sagradas Escrituras, tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo, con el fin de ir conociendo y asimilando las verdades de la revelación divina, de acuerdo al plan divino de la salvación temporal y eterna. Es la vocación que Dios hace gratuitamente a todos los pueblos de la tierra, para formar el gran pueblo de Dios para que lo conozca, lo ame por encima de todas las cosas de este mundo y guarde sus mandamientos, y de esta manera conquistar y alcanzar las divinas promesas en la vida eterna.

Hoy el tema del evangelio con las demás lecturas de este domingo, nos presentan el tema de la luz que quita toda obscuridad y tinieblas del pecado y de la muerte, ante el hecho milagroso de la curación del ciego Bartimeo, cuando Jesús iba de camino de Jericó hacia Jerusalén. Pasemos, pues, a contemplar los contenidos doctrinales de nuestra homilía de este domingo trigésimo del tiempo ordinario y en el ciclo

Creer para ver y seguir a Jesucristo, luz del mundo

La escena que narra el evangelio de San Marcos en este domingo, se sitúa en el oasis de Jericó, la ciudad de las palmeras a orillas del río Jordán y separada de Jerusalén por treinta kilómetros de desierto. Hoy se sumará a la muchedumbre que acompañaba a Jesús en su camino hacia Jerusalén, un acompañante muy especial: es un mendigo ciego, que está sentado al borde
del camino con su manto extendido para recoger las limosnas de la gente. Este hombre se llama Bartimeo. Al enterarse de que se acercaba Jesús, comenzó a gritar a voz en cuello para superar el ruido de la gente: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí”. Y Cristo, que había sido enviado anunciar la salvación de Dios Padre a los pobres, se detiene, lo manda llamar y le pregunta: “¿Qué
quieres que haga por ti?”. La respuesta era obvia: “Maestro que pueda ver”.

En los relatos de los evangelios podemos encontrar la curación de muchos enfermos y de manera especialísima, la sanación de ciegos. Teniendo en cuenta esto, podemos afirmar que, si todo milagro es señal clara y contundente, de la salvación que el Reino de Dios trae a los hombres, quizá, más que ningún otro lo sea la sanación de la ceguera. Por la oposición manifiesta entre tinieblas y luz, pasan a ser la ceguera y la vista símbolo de la incredulidad y de la fe
respectivamente. La incredulidad consciente es ceguera espiritual que mantiene la vida del hombre a oscuras, sin que pueda discernir su vocación altamente superior, su propia dignidad y su destino final al cual Dios definitivamente lo llama en el decurso del tiempo que desemboca en la eternidad con él y todos los santos del cielo.

En cambio el don de la fe que recibimos en nuestro bautismo, es iluminación de toda la vida y la existencia, mediante la Luz que es Cristo y que la Iglesia reconoce y ofrece en su nombre a todos los hombres que libremente la acepten y cumplan con las exigencias de amor a Dios y a todos los hermanos, sobre todo en sus necesidades apremiantes y dolorosas, por ejemplo, la realidad tan
dura para los emigrantes hondureños que en estos días hemos conocido a través de los medios de comunicación social.

Crees para ver, como Bartimero ante Cristo, luz del mundo

En esta última parte de nuestra homilía, decimos, que la fe es iluminación de toda la vida, mediante la luz que es Jesucristo. Por eso la primitiva comunidad cristiana vio implícita una catequesis bautismal en la curación del ciego de Jericó, como hemos contemplado en el evangelio de hoy.
Y más todavía, en mayor o menor medida todos estamos reflejados en él.

Porque el ciego Bartimeo, mendigo marginado al borde del camino y dependiente por completo de los demás, es un signo elocuente de todo ser humano, desamparado y ciego por el camino de nuestras vidas, desamparados y ciegos en medio de las tinieblas de los pecados y la acción diabólica a la orden del día en nuestras ciudades, con aberraciones impactantes.

Podemos concluir, que la fe es la sabiduría de lo alto, es el gran tesoro por el que vale la pena dejarlo todo; porque con la fe se ven las cosas, la vida y las personas con otros criterios, los de Dios y no los del hombre terreno siempre necesitado de conversión y cambio de vida a la luz de Cristo, luz del mundo.

¡“Creer para ver y amar para creer”. He aquí los dos tiempos de una vida que crece y se testimonia y todo esto será una hermosa realidad si hacemos hoy y para siempre, con la luz del Señor Jesús resucitado, la oración del ciego de Jericó: “Maestro que pueda ver” y entonces, Jesús nos dirá como a Bartimeo suplicante: “Vete tu fe te ha salvado”. Y al momento también nosotros, recobraremos la vista para seguir por el camino a Jesús con nuevos bríos y en compañía del ciego de Jericó, hacia la Jerusalén celestial!

*Obispo Emérito de Zacatecas