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Centroamericanos, la caravana que huye del crimen y la miseria

AFP
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11 de Noviembre del 2018 05:00 hrs
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En México han sido respaldados por buena parte de la sociedad.
AFP / En México han sido respaldados por buena parte de la sociedad.

QUERÉTARO.- Asfixiados por la pobreza y la delincuencia, miles de centroamericanos lo arriesgan todo y caminan rumbo a Estados Unidos con destino a lo desconocido; el paso de la caravana migrante expone una realidad desconocida tanto de la profunda crisis de la zona, así como del racismo y la bondad de los países que al paso de los viajeros ha salido a flote; en contraparte Estados Unidos intenta lidiar con el problema al que ha calificado de invasión y para el que prepara a sus tropas.

Después de horas de camino, miles de centroamericanos arriban a Querétaro, tras abandonar al alba la capital de México, decididos a alcanzar su destino final en Estados Unidos, pese al furioso rechazo del presidente Donald Trump.

Con cobijas y plásticos, los migrantes improvisan refugios para frenar las fuertes corrientes de aire frío que afectan a aquellos que sufren enfermedades respiratorias. Algunos de ellos, sobre todo niños, presentan fiebre.

Otros se duchan como pueden en los baños del estadio La Corregidora; mientras la mayoría, exhausta, intenta descansar sobre las colchonetas que cargaron todo el camino.

Para hacer el viaje hubo que caminar un buen tramo y “tomamos un autobús que nos cobró unos 100 pesos” por 150 km, dijo a la AFP Héctor Torres, un padre de familia hondureño.

“La verdad, se están aprovechando los transportistas y taxistas de nosotros los inmigrantes que venimos estirados, o sea, sin dinero. Esto es una denuncia”, subrayó, alegando que no los llevan al destino acordado pero sí cobran la tarifa.

Los migrantes se quejan de que los comercios cercanos a sus campamentos también aumentan los precios del agua y comida.

“Nos están engañando”, lamentó Torres, en relación a la actitud de algunos de los gobiernos locales. 

Cansancio y frustración 

La caravana migrante partió el 13 de octubre desde la hondureña San Pedro Sula y ha recorrido más de 1,500 km. En días posteriores se sumaron al menos otras dos caravanas, a las que Trump ha calificado de “invasión”, disponiendo por ello la movilización de miles de soldados para reforzar su frontera con México e impedirles el paso.

Entre estornudos y toses, los migrantes recogieron el campamento en el que pernoctaron por seis noches en Ciudad de México.

Con niños tomando biberón en brazos o carriolas y otros pequeños caminando en pijama, los fatigados centroamericanos iniciaron su trayecto al norte aún en la oscuridad de la noche.

Carlos, un mexicano que no quiso dar más detalles de su identidad y que se unió a la caravana en el sureño estado de Oaxaca, dijo que conforme la caravana avanza hacia el norte el trato es más hostil.

En Chiapas, fronterizo con Guatemala, “la respuesta fue inmediata, desde que la gente llegó se dio la solidaridad, en Oaxaca lo mismo”, pero las cosas cambiaron en Veracruz, Ciudad de México, y ahora Querétaro, lamentó.

En la capital mexicana, el campamento pasó de ser “un campo de refugiados a un circo, una exhibición, un zoológico para ir a ver a toda la gente que estaba ahí. Luego las falsas promesas de que van a dar buses y no te dan”, reclamó desde el campamento del estadio, cubriéndose la garganta con una bufanda verde.

“¡Vamos p’alante!” 

A su salida de Ciudad de México, la multitud de migrantes inundó los costados del periférico, una amplia vía de alta velocidad que atraviesa la megaurbe y conduce a la carretera hacia Querétaro.
En la moderna autopista, camiones de carga, patrullas pick-up y camionetas particulares se detenían para llevarlos.

Unos viajaban apretados y colgando de los vehículos comoracimos; otros incluso iban sentados en el cofre de los vehículos, sobre el motor.

“¡Gracias México!”, “¡Vamos p’alante!”, gritaban a los pasantes mientras los saludaban agitando las manos.

Los demás seguían el periplo a pie o tomaban autobuses de transporte público.

“Cuando quieres algo se requiere un riesgo y no importa lo que pueda pasar. Y que sea Dios quien nos guarde y nos proteja”, dijo Lucas Rocha, hondureño de 31 años que intenta alcanzar la frontera por segunda vez.

“Van cargados de ilusiones y de esperanza, entonces nosotros como mexicanos los ayudamos en su camino que es muy largo”, dijo Angélica Eugenio, activista religiosa de 41 años, mientras ofrecía agua, atún y galletas.