×
×
×
×


Búsqueda


Introduzca su búsqueda



X

Memoria viva

Zacatecas: una leyenda del padre Juan de Angulo

Manuel González Ramírez
~
14 de Noviembre del 2018 05:00 hrs
×


Compartir



Liga Corta




Juan de angulo  “fue uno de los religiosos más notables que ejercieron una labor evangelizadora”, según el escritor Toro Chávez.
Cortesía / Juan de angulo “fue uno de los religiosos más notables que ejercieron una labor evangelizadora”, según el escritor Toro Chávez.

En su libro La cantiga de las piedras, el historiador, poeta y periodista zacatecano Alfonso Toro Chávez, nos habla de leyendas, tradiciones y descripciones de templos de México. 

En lo que se refiere al antiguo convento de San Francisco de Zacatecas, nos comparte una interesante leyenda relacionada con fray Juan de Angulo, uno de los religiosos más prominentes de ese monasterio y que murió en olor de santidad.

Al respecto, el maestro Alfonso nos cuenta que entre los religiosos más notables que habitaron y ejercieron una gran labor evangelizadora en este convento franciscano se puede mencionar a los frailes Bernardo Cossín, Juan de Herrera, Pablo de Acevedo, Luis de Villalobos y “algunos otros que murieron mártires entre los salvajes: fray Juan de Espinosa, obispo de Chile, y fray Juan de Angulo, quien después de haberse enriquecido en la minería, y de ser nombrado alcalde de Sombrerete, lo abandonó todo para retirarse al claustro y vestir el hábito de san Francisco”. 

El propio maestro Alfonso Toro nos advierte que la leyenda que nos comparte no es de su autoría sino que la tomó de la Crónica de la Provincia de Zacatecas, una obra que escribió el fraile franciscano José de Arlegui, en el siglo XVIII. 

Por esta razón, les advertimos a nuestros apreciados lectores que el relato que están a punto de disfrutar fue escrito en el castellano del siglo 18, pero eso no representará un obstáculo para su fácil comprensión.

“Había en la ciudad de Zacatecas, dos casados muy honrados y con abundancia de bienes de fortuna, para pasar la vida con decencia, siendo por su calidad entrambos de lo principal de aquella ilustre república. Sucedióle al marido una gravísima desgracia, motivo porque después de haber perdido el caudal, le fue preciso haber perdido la tierra; porque corría mucho peligro su vida. Con esta impensada desgracia quedó la mujer sola y muy atribulada con tantos ahogos y necesidades, que aun le llegó a faltar el necesario sustento, y como no estaba hecha a semejantes trabajos, los sentía con excesivos extremos. 

Dilatóse la ausencia del marido muchos años, y aún tuvo algunas noticias de que había muerto, y como la necesidad tiene cara de hereje, y la de la referida casa era más que razonable, no faltó quien la inquietase, y por una y otra causa, o por todas juntas, y lo que es más, que no atendiendo a la ley cristiana, se deslizó como frágil, violando el honor que debía guardar a su marido ausente. 

Y como no hace el diablo empanada que no coma de ella, de esa desdicha se le originó quedar en cinta y tener un hijo, el cual criaba, con la seguridad de no tener ni la más leve noticia del marido y tenerlo ya por difunto”. 

Y agrega el padre Arlegui: “Estando un día con el niño en los brazos acariciándole, entró repentinamente su esposo, que viendo tan patente señal de su deshonra, azorado del pundonor quiso quitarle la vida.

No se turbó la señora, fortalecida de Dios, antes con el disimulo y fingiendo amor que acostumbran las mujeres en lances tan apretados, le sosegó diciéndole: que aquella criatura era un huérfano, que le había traído a que lo criase el padre Angulo, y que como era persona de tanta veneración y respeto para todos, no sólo no se había excusado el admitir obra tan piadosa, sino que en recibirle se había tenido por muy dichosa y afortunada. 

Que inquiriese y averiguase lo que le pareciese más conveniente”.

“En fin, con tan eficaces palabras representó su papel, la afligida mujer, que suspenso el marido un rato, sin hablar palabra, se fue a nuestro convento, y al ir subiendo por la escalera, se le hizo encontradizo el padre Angulo, y antes de que el afligido hombre le saludase, le habló con semblante apacible, el venerable padre, en esta forma: No venga usted acongojado, ni afligido, que si no es gusto suyo que se críe en su casa aquella pobre criatura inocente, yo buscaré en dónde ponerla donde dé menor pesadumbre, que no faltará en la piedad cristiana, quien quiera ejercitarse en esta obra del venerable Angulo. 

Y, como si le hubiera hecho algún agravio desmedido, le pidió perdón el santo religioso. 

Volvió a su casa consoladísimo y luego que entró en ella, pidió a su mujer perdón del juicio temerario que había hecho de sus procederes, y le rogó con encarecimiento tuviese mucho cuidado de aquel niño, sin haber hecho jamás el hombre otra diligencia para certificarse mejor de lo que había en tan grave sospecha presumido, juzgando que ofendería gravemente el respeto del siervo de Dios, si imaginara contra su mujer cosa alguna, en perjuicio de su crédito y fama. 

Por este medio quedó la señora arrepentida y enmendada; pues desde este día hizo una vida muy perfecta, y su marido muy satisfecho de los rectos procederes de su esposa, y el niño se crió en su propia casa, sin extrañar los desvíos de madre menos propia”.  

El padre Arlegui no escribió este relato con el único fin de deleitar a sus lectores, sino para mostrar uno de tantos portentos en los que se vio envuelto el venerable fray Juan de Angulo, un francisco al que tantos “milagros” convirtieron en una leyenda pero nunca en un santo, como hubiera sido el deseo de una buena parte de los religiosos de la Tercera Orden de la Provincia de Zacatecas.