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El Día del Señor

Esperanza en Jesucristo que nunca defrauda

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
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02 de Diciembre del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




El nacimiento de Jesús representa la llegada de fe, abundancia y esperanza.
Cortesía / El nacimiento de Jesús representa la llegada de fe, abundancia y esperanza.

Hermanos: Con este domingo primero de adviento, damos comienzo a este gran tiempo litúrgico y espiritual, siguiendo el ordenamiento de las celebraciones dominicales de nuestra Iglesia, correspondientes a la preparación cristiana que nos dispone para celebrara el ciclo navideño, que tiene en su centro la Solemnidad de la Natividad de Jesucristo en carne mortal, para llenar de esperanza gozosa a la humanidad, quien ardientemente llena de amor, debe esperar y alcanzar, los frutos y bendiciones salvadores de nuestro libertador y redentor para un mundo que siempre se debate entre la vida y la muerte y de generación en generación, hasta que se complete el número de los elegidos y Dios sea todo en todas las cosas del cielo y de la tierra. 

Dispongámonos pues, para abrir nuestros corazones y recibir los rayos de esperanza del nuestro sol, que es Jesucristo, luz del Mundo.

Nuestra esperanza firmemente asentada en la persona y obra de Jesucristo
Podemos decir, que los seres humanos, inteligentes y libres somos hombres y mujeres, que desde que nacemos y vamos adquiriendo uso de razón, estamos para vivir, desarrollarnos y realizar nuestros carismas y aspiraciones: hombres de esperanza. 

Desde el pasado por el presente, avizoramos el futuro realizándonos a través de la esperanza. 

Por esto, la espera es el clima necesario del vivir y convivir de todos los hombres. No podemos vivir sin esperanza, porque entonces caeríamos en la desesperación y en la futilidad de la existencia. 

La inmovilidad y la muerte serían las características de una existencia sin planes, ni incentivos para vivir y alcanzar metas de verdadera realización personal y comunitaria.

Gracias a la esperanza avanza la humanidad, cuya historia, a través de los siglos, tiene como motor impulsor, la esperanza viva y comprometida. Gracias a la esperanza, el hombre y la mujer cristianos tienen aguantes y respuestas ante la vida y la muerte; el amor y la violencia, la salud y la enfermedad con todas sus angustias; la paz y la injusticia; el matrimonio y la familia; la sociedad y el trabajo fuerte y doloroso de cada día. 

Quien ya no espera nada está acabado como persona y desde luego, como creyente.

En nuestra constatación cotidiana, vemos cómo nacen y mueren falsas expectativas meramente humanas de las generaciones y los diversos pueblos. Surgen nuevos mesianismos que auguran tiempos y modos de mejor vivir en donde ya no haya carencias de todo tipo y toda vida y realización históricas y por tanto temporales. Nos damos cuenta, si somos sabios y atentos, que crear expectativa de grandes mejoras sociales ha sido, es y será una vieja estrategia con nuevos sistemas de organización y eficacia terrestre. 

Podemos afirmar con equilibrio de juicio que: ninguno de  los sistemas político – sociales y económicos, por sí solos puedan dar explicación completa y satisfactoria al porqué del vivir y del morir, del trabajar, del gozar y del morir.

La esperanza en Cristo que no muere ni defrauda
Jesucristo es nuestra única salvación temporal y eterna. 

Es la piedra angular perfecta y definitiva, sobre la cual se construye sólidamente nuestra esperanza cristiana y eclesial. Bajo el cielo y sobre la tierra, no existe otro medianero entre Dios y los hombres que nos pueda liberar del pecado y alcanzar la salvación para siempre, más allá de la muerte, que no es nuestro destino definitivo. 

A nuestro propósito homilético, cito un pequeño texto de un autor español: “La liberación que Cristo nos brinda es eminentemente personal y muy profunda; una salvación desde dentro, porque nos libera del pecado y sus funestas consecuencias y nos transforma en hombres y mujeres nuevos, libres de los criterios y el lastre del “hombre viejo e irredento”. Una vez liberados, tenemos que aplicar nuestro esfuerzo a la transformación de la realidad, por medio de la debilidad y la fuerza del amor, que es la única liberación posible, la única revolución eficaz. Amor que se hace justicia, fraternidad, solidaridad, paz, compromiso con el pobre el marginado, porque ese fue “el estilo de Jesús” y es el espíritu de las bienaventuranzas del Reino de Dios”.

Conclusión
¡Para asimilar y concretar prácticamente esta esperanza cristiana que no defrauda, pongo dos reflexiones finales: despojarse de todo egoísmo y ser servidores del Reino divino en espíritu y en verdad. 

Tener el alma sin apegos egoístas y sin el lastre de la maldad y de los crímenes que se cometen diariamente en este mundo.

Y como broche final: estar siempre vigilantes y atentos para no caer en las tentaciones del pecado y orar, orar y orar en diálogo fecundo e iluminador con Jesucristo: VIDA Y ESPERANZA NUESTRAS, AHORA Y HASTA LA ETERNIDAD!

Obispo emérito de Zacatecas*