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Amar de verdad

Juan Carlos Ramos León
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03 de Diciembre del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Puede ser que no exista mejor ejemplo del más puro ejercicio de amor que el que realizan nuestros pequeños.
Imagen / Puede ser que no exista mejor ejemplo del más puro ejercicio de amor que el que realizan nuestros pequeños.

El amor es una decisión que se toma cada día. Decisión que generalmente somos invitados a tomar desde el mismísimo momento en el que abrimos los ojos al despertar a fin de que se convierta en una actitud que nos acompañe a lo largo de la jornada.

En la realidad de cada quien, el ejercicio del amor puede tener múltiples facetas: amar al cónyuge, a los hijos, a los padres, hermanos o a otros familiares; el amor a los compañeros de trabajo, subalternos, amigos y hasta a los desconocidos con los que se llega a tener contacto. Luego entonces, el amor no es lo que se siente o se quiere sentir por algo o por alguien sino la forma de comportarse con ese alguien en el entendido de que esta forma de comportarse buscará su bien aún a costa de sacrificar un tanto el propio bienestar.

Se ha devaluado tanto el concepto real del amor que ya hemos llegado a creer que éste se puede comprar en Liverpool para regalarlo envuelto en una cajita muy mona. ¿Recuerda usted una campaña realizada por la Profeco hace muchos años que decía: “regale afecto, no lo compre”? Tiene mucho fondo para sustentar la idea de que la necesidad de amor que tenemos los seres humanos queda completamente satisfecha con un gesto generoso que puede ser un abrazo, una palabra de aliento o hasta un dibujo hecho por un hijo pequeño cuyos irregulares trazos nos confirman que otro ser humano pensó en nosotros y con sus escasas posibilidades dedicó un cierto tiempo a prepararnos algo entregándonos con ello un gran parte de sí mismo.

Puede ser que no exista mejor ejemplo del más puro ejercicio de amor que el que realizan nuestros pequeños, los niños. En muchos de sus gestos podemos confirmar lo que es amar de verdad. Un niño olvida rápido si lo regañaste, incluso de forma injusta. A los tres minutos regresa y te regala un abrazo. No sabe lo que es el dinero y, por ende, no lo necesita para demostrarte su amor haciéndote con sus manitas una bonita tarjeta de cumpleaños.