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Nuevo presidente, ¿nuevo gobierno?

José Luis Guardado Tiscareño
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06 de Diciembre del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Las acciones urgentes que requiere nuestro país no pueden estar en función de la popularidad o ánimos del presidente.
Imagen / Las acciones urgentes que requiere nuestro país no pueden estar en función de la popularidad o ánimos del presidente.

El nuevo gobierno de la República ha comenzado; la forma en que inicia el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador es diferente y hasta extraña, sobre todo para una generación de jóvenes ciudadanos acostumbrados al conflicto postelectoral y al rechazo hacia los gobernantes desde su primer día.

Lo ocurrido el pasado 1 de diciembre exhibió, no solo las altas expectativas, que prácticamente cualquier nuevo gobierno suele tener al inicio de su gestión, sino que demostró la enorme legitimación y reconocimiento de una sociedad que se había caracterizado por su apatía a la política y desconfianza hacia sus gobernantes. 

Hoy nos encontramos ante dos extremos, por una parte la confianza y aceptación casi ciega de los seguidores del nuevo presidente, y por otro lado los cuestionamientos hacia las fuertes contradicciones y decisiones que ha dejado ver López Obrador, lo que han llevado a construir una sentimiento de incredulidad, temor e incertidumbre en torno a la posibilidad de convertir en realidad todo lo dicho en los (larguísimos y repetitivos) discursos presidenciales. 

Sin embargo, es necesario señalar que toda esta aceptación y legitimación ha sido creada en torno a un solo personaje, lo cual se ha vuelto una de las principales críticas de los opositores, pues hoy la figura enaltecida del Presidente ha desplazado a las instituciones, a legisladores, a los nuevos funcionarios y a un gabinete que han sido incapaces de sobreponerse a la personificación y adulación de una persona que se está volviendo imposible de alcanzar. 

Hoy todo gira en torno al nuevo presidente y no a un nuevo gobierno, la esperanza pero también los miedos están puestos en una sola persona, ni un nuevo partido gobernante ni los grandes intelectuales o políticos que integran el nuevo gobierno, ni las instituciones del Estado han logrado compartir un poco de la responsabilidad y obligaciones que tienen ante la sociedad. 

Esto último debería ser una llamada de atención, pues a pesar de que es justo reconocer los avances en democracia que ha vivido nuestro país, lo cierto es que el culto a la personalidad, el exceso de protagonismo, así como la centralización y concentración del poder no son características de una democracia saludable; nuestro país no puede ni debe esperar la transformación nacional en el ánimo de un individuo, ni aunque esté sea el Presidente. 

Mucho se habla de aprovechar el tiempo en la reconstrucción y transformación de un país que se encuentra destruido; sin embargo, cada día que pasa sin concretar los cientos de discursos y promesas que no dicen nada nuevo, es un día perdido para nuestro país. Es cierto que la situación no cambiará de un día al otro pero también es cierto que hasta hoy no ha existido nada tangible que nos permita suponer que podrá cambiar. 

Las acciones urgentes que requiere nuestro país no pueden estar en función de la popularidad o ánimos del presidente, sobre todo aquellas que en términos de justicia, gobernabilidad, transparencia, desarrollo y crecimiento requieren de la acción conjunta entre gobierno y sociedad, la gobernanza es un ingrediente clave de las nuevas y exitosas democracias.