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El Día del Señor

La alegría cristiana, porqué el Señor está cerca

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
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16 de Diciembre del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




“Nuestra religión cristiana tiene como sólido fundamento el amor de dios”, explica Fernando Mario Rubalcaba.
Cortesía / “Nuestra religión cristiana tiene como sólido fundamento el amor de dios”, explica Fernando Mario Rubalcaba.

Ya estamos en el tercer domingo del Adviento. 

Nuestra corona litúrgica y las vestiduras sacerdotales y adornos de nuestras iglesias, son del color rosa.

Nuestra Iglesia nos pone alerta para que en este domingo, la alegría sea el tono y el ambiente de nuestro encuentro con el Señor Jesús que ya viene en Navidad con la renovación de su presencia como Dios y como hombre. 

Los textos bíblicos de este domingo tercero del Adviento, nos hablan de la alegría y gozo que brotan de la persona del Hijo de Dios hecho hombre, porque viene para liberarnos del pecado, fuente de tristeza, oscuridad, llanto y separación de la luz del Niño que nos ha nacido en Belén de Judá.

Nos dice San Pablo en su carta a los filipenses en la antífona de entrada: “Estén siempre alegres en el Señor, les repito, estén alegres. El Señor está cerca”.

La alegría Jesucristo en nuestra vida cristiana 

Según los textos de la Biblia, en este domingo, se tocan temas muy dignos de verdadera consideración y reflexión.

Captamos, que la alegría cristiana brota del amor y la justicia. 

Primeramente del amor a Dios por encima de todas la cosas de este mundo y con el uso ordenado de ellas, tener la verdadera libertad y cumplir siempre en nuestras vidas la voluntad amorosa de nuestro Dios manifestada en, por y con Jesucristo, el revelador del plan salvador de Dios Uno y Trino para la humanidad de todos los tiempos y épocas, hasta que Dios amado sea todo en todas las cosas del cielo y de la tierra y se complete para la eternidad el número de los elegidos.

Definitivamente, nuestra religión cristiana tiene como sólido fundamento el amor a Dios y a los hermanos, sobre todo para con los que son pobres y desamparados y por ello amar y respetar la creación que nos alimenta, nos sostiene y nos ayuda a alabar con amor, siempre deudor al Padre de los cielos, quien con infinito amor nos ha dado a su Unigénito, Cristo Jesús, quien es nuestro, camino, verdad y vida y en quien se recapitulan todas las cosas del cielo y de la tierra. 

Sin esta vida y este amor a Cristo, sellado por la gracia del Espíritu Santo, no somos nada ante el gran misterio de nuestra presencia en la tierra y de cara a la eternidad, que debe ser salvadora y no de castigo. 

El que no ama a Dios, ni a sí mismo ordenadamente y a los hermanos, estará perdido irremisiblemente para la eternidad.

Fundados en el amor y siendo este amor verdadero, es fuente de justicia auténtica y comprometida con Dios, los semejantes y el universo entero.

La justicia de define básicamente como la virtud de dar a cada persona humana inteligente y libre lo que le corresponde de bienes materiales, espirituales y culturales y esto comenzando por cumplir los derechos fundamentales de personas particulares; en las familias y en la sociedad civil y religiosa. 

Esta justicia se basa en la ley natural, en las leyes civiles y constituciones de las leyes positivamente formuladas y propuestas, por las autoridades legítimamente establecidas como mandato, para cumplirse por todos y por las autoridades, tanto en la dimensión civil y por otra parte en lo que atañe a las leyes religiosas. 

Toda ley civil o religiosa tiene como objetivo intocable y adquirido, el bien común de todas y cada una de las personas.

Toda transgresión de las leyes se hace acreedora a juicio y castigo. Así también todo cumplimiento de las leyes, produce bienestar, seguridad, gozo, paz y profunda y segura salvaguarda de derechos y obligaciones. 

Si no se cumplen las leyes para el bien común, surgen divisiones entre personas, grupos y comunidades; guerras, odios, despojos criminales, robos y homicidios; inseguridad y desamparo, etc. 

El pecado, fundamentalmente es ir en contra del bien común de personas y posesiones de cualquier tipo que salvaguardan el cumplimiento del bien particular y común. Y, en síntesis, pecar es ir en contra de la voluntad divina, base de todo bien, verdad y vida gozosa. 

El pecado ofende a Dios, al prójimo y al entorno de la naturaleza.

Conclusión

Transcribo de un autor probado la siguiente oración: “Hoy, Señor, te bendice a boca llena el canto gozoso de nuestros corazones convertidos a tu amor y tu justicia.

Éramos tierra yerma y erial calcinado por el egoísmo, pero tú eres capaz de hacer florecer el desierto. 

Una aurora de paz despierta la raya de nuestro horizonte y la alegría es nuestro lote en la heredad del Señor”. 

Danos, hoy más que nunca tu amor y justicia, fuentes inagotables de la alegría que brota del corazón amante de Jesucristo, para este día y este Adviento, en la espera de tu Hijo salvador, unidos al Espíritu Santo el consolador y compañero de nuestro peregrinar desde ahora y hasta el cielo que tanto anhelamos. ¡Que así sea!

Obispo emérito de Zacatecas*