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En el turno vespertino

Huberto Meléndez Martínez
~
05 de Febrero del 2019 04:00 hrs
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Liga Corta




Para mala fortuna de la educación pública, escenarios de desorden son recurrentes.
Imagen / Para mala fortuna de la educación pública, escenarios de desorden son recurrentes.

Al profesor Pedro Walle Rodríguez, por su audacia y asertividad.

“Para mí es inconcebible entrar a dar clases a ese salón”, aseveró determinante la maestra de Español en aquella tarde otoñal, en una escuela secundaria, caracterizada por tener una política de inclusión hacia los estudiantes que eran rechazados por otras instituciones de la misma ciudad.

El subdirector, asumiendo una actitud prudente y un tono de voz serena, a la vez que paciente, intentando disminuir el grado de crispación de la docente, expresó. “¿Qué sucede, maestra?, Todos nuestros muchachos necesitan el conocimiento de su asignatura. Por esa razón vienen y por eso trabaja usted aquí”.

“Es que no se puede, venga a ver cómo están trabajando en este momento”.

“Permítame, compañera, sí se puede, claro que es posible trabajar con estos estudiantes, ¿cómo no se va a poder trabajar con el grupo? Usted organice su propia dinámica, conforme a las necesidades de la asignatura”, comentó mientras caminaban hacia el aula de clases referida.

El de la voz quedó estupefacto al llegar a la puerta y ver aquel inusual escenario: aproximadamente ocho adolescentes rodeaban el escritorio del profesor en turno, dos conjuntos más estaban próximos a la pared de enfrente comentando, entre gritos y carcajadas sobre temas mundanos, comunes en los adolescentes, tres butacas tumbadas a discreción al centro del salón y una cantidad escandalosa de basura esparcida sobre el piso.

Suponiendo que no había presencia de maestro a cargo de los alumnos, con voz potente pidió a todos ocuparan su lugar e indicó colocar en posición correcta sus pupitres. A quienes andaban deambulando solicitó que formaran filas con el mobiliario y entonces fue cuando se percataron de que estaba el mentor detrás del escritorio. Ruborizado apoyó las instrucciones escuchadas, pretendiendo inculpar a sus pupilos por el desorden existente en ese momento.

El directivo pidió que se recogiera la basura en un radio de 50 centímetros de su lugar. Él mismo se inclinó a hacer lo propio con la que estaba a lo largo de la pared frontal. En unos cuantos segundos la estancia quedó ordenada. Sonó el timbre y entró la maestra antes molesta.

Se hizo el comentario sobre la conservación de un espacio agradable y apropiado para ellos, donde era imprescindible la colaboración individual. El maestro saliente se disculpó pretendiendo minimizar la incidencia.

Escenarios parecidos son recurrentes en los grupos de turno vespertino, para mala fortuna de la educación pública, debido en numerosos casos a la alta demanda de las concentraciones urbanas; a la falta de espacios matutinos; a la discriminación que hacen algunas escuelas al aceptar estudiantes por examen de ingreso al nivel educativo (que debería ser un examen de diagnóstico); al rechazo de muchachos con alta vulnerabilidad académica y socioeconómica; a la necesidad de docentes y directivos de complementar su actividad laboral.

Estas comunidades educativas requieren de más apoyo, sustantivo y generoso profesionalmente, por las razones expuestas en el párrafo anterior.

La misión educativa tiene sentido loable donde más se necesita.