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El Día del Señor

Las bienaventuranzas proclamadas por Cristo en nuestro caminar del tiempo

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
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17 de Febrero del 2019 04:00 hrs
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Liga Corta




Jesucristo tiene un plan de alegría y salvación para todos sus hijos.
Cortesía / Jesucristo tiene un plan de alegría y salvación para todos sus hijos.

Hoy la liturgia de la palabra nos plantea tres aspectos dignos de nuestra consideración para hacer siempre dichosa, con penas y consuelos, nuestra existencia en este mundo, como paso hacia la plenitud de vida con Jesucristo en el cielo. 

En la primera lectura el profeta Jeremías nos presenta dos caminos para escoger libremente en el logro de la dicha y verdadera realización humana que Dios quiere de nosotros. 

Nos propone ser árboles junto a la corriente vivificadora del río que pasa para ser felices en el plan de salvación ideado por nuestro Padre del cielo. Ser árboles siempre fecundos, siempre verdes y llenos de vida plena y ser benditos. En oposición: Maldito el hombre que confía en el hombre y se aparta de Dios, será como cardo seco del desierto que nunca disfrutará de la lluvia por escoger la aridez del desierto, en una tierra salobre e inhabitable.

En la segunda lectura, San Pablo nos revela y nos hace ver, que la vida cristiana tiene solidez y razón de ser, si se basa en la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Esta es la base de nuestra verdadera fe. Porque si Cristo no hubiese resucitado vana sería nuestra fe y seríamos los más ilusos y desdichados en esta vida que pasa, sin poder aspirar ni alcanzar la verdadera felicidad y realización en una vida eterna que prácticamente no existiría para todos y cada uno de los hombres y mujeres de este planeta, en el cual vivimos, somos y morimos.

Y en el evangelio, San Lucas nos enseña el camino seguro para la realización personal y comunitaria, con la asimilación de las Bienaventuranzas que Jesús propone y ofrece a todo aquel que quiera ser su discípulo y testigo de su evangelio, en orden a conseguir la verdadera y justa felicidad, por el camino seguro que lleva a la felicidad terrestre y para la eternidad feliz y dichosa del cielo.

Las bienaventuranzas evangélicas con Jesucristo

La palabra bíblica de este domingo es un gran mensaje de felicidad en presentación de contraposiciones positivas y negativas, respectivamente: nos referimos a las bienaventuranzas que San Lucas nos enseña hoy y siempre; son el mejor camino para la dicha o felicidad que los hombres buscan infatigablemente, mientras dura nuestro paso por la tierra hacia el “más allá”.

Estas bienaventuranzas proclamadas por Jesús, son “evangelio”, como buena nueva del Reino de Dios. 

Es la alegre noticia dirigida de manera muy especial a los pobres de espíritu, quienes desprendidos sabiamente de los bienes terrenos de este mundo y usándolos correctamente, aspiran infatigablemente a los bienes celestes, poniendo toda su confianza y esperanza en Dios salvador. Combinando bendiciones y maldiciones, las bienaventuranzas, según San Lucas, mencionan ocho categorías de personas, emparejadas de dos en dos por contraste: los pobres que suspiran por la liberación y los ricos que ya tienen su consuelo, los que pasan hambre y los que están hartos, los que lloran y los que ríen, los que son perseguidos y los aplaudidos por todos.

De esta manera, la presentación bíblica de las bienaventuranzas son fruto de una tradición profética que cultiva o hace ver el esquema bipartito; por eso contienen el anuncio profético de una bendición que genera alegría, junto con una especie de condena inquietante que invita fuertemente a la conversión del corazón, dejando las desdichas que produce el pecado como rechazo a Dios alejándose de él. 

En este contexto del evangelio de San Lucas y el texto de la primera lectura, tomada del profeta Jeremías, se contraponen dos clases de personas, a saber: el que confía plenamente en Dios Padre por Cristo y su Espíritu Santo y el que se fía solamente de los hombres, apartando su corazón de Jesucristo, enviado por su Padre celeste para redimir y salvar al mundo con la omnipotencia del Espíritu de amor; la persona que elige el camino de la salvación.