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El Día del Señor

La transfiguración de Jesús, fruto de su experiencia de oración

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
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17 de Marzo del 2019 04:00 hrs
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Liga Corta




La experiencia de oración de Nuestro Señor Jesúcristo tiene como fruto la transfiguración.
Cortesía / La experiencia de oración de Nuestro Señor Jesúcristo tiene como fruto la transfiguración.

ZACATECAS.- Hemos llegado al segundo domingo de Cuaresma. En los tres Ciclos de nuestra liturgia dominical católica, se va desplegando la manifestación de la transfiguración de Jesucristo, según las narrativas bíblicas de los evangelios sinópticos de San Mateo para el Ciclo A, de San Marcos para el Ciclo B y la de San Lucas para el Ciclo C, que corresponde para este año litúrgico. 

Todas estas narrativas de los evangelistas se dan en los domingos segundos de Cuaresma. Cada narrativa de estos evangelistas, tiene sus características propias. 

La narrativa de San Lucas que hoy contemplamos, se centra en la experiencia de oración de Nuestro Señor Jesucristo que tiene como fruto, el hecho maravilloso y esplendente de la Transfiguración, pero dentro también de una experiencia de crisis, por el anuncio que Jesús, el Maestro, enseña que la luz de su Transfiguración, debe de llenar de consuelo, fortaleza y conocimiento sapiencial a sus discípulos, quienes con la expectativa de la llegada y aparición del Mesías esperado por el pueblo de Israel del cual ellos formaban parte. 

Esta esperanza acerca de la llegada del Mesías, se interpretaba como aparición de gloria, liberación y poder, meramente políticos. Esta es la razón por la cual, los discípulos y seguidores de Jesús, habían caído en desaliento con tentación de abandonar a su Maestro y verdadero Mesías, quien les anunciaba su pasión, muerte y luego su gloriosa resurrección de entre los muertos. 

Pero ellos de momento no podían admitir ni entender esa Pascua de Jesús, primero en su fase dolorosa y de muerte para luego conquistar la gloria de su Resurrección.

Jesucristo, siempre en oración con su padre para hacer su voluntad salvadora

San Lucas nos describe cómo Jesús en su deseo de hacer oración para dirigirse a su Padre del cielo, se hizo acompañar de sus discípulos Pedro, Santiago y Juan y subió a un monte (el Tabor). Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes. 

De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés, el legislador del pueblo de Israel peregrino por el desierto y Elías, el gran profeta por el cual Dios habló a ese pueblo acerca del Mesías que habría de venir. 

Ellos hablaban con Jesús acerca del éxodo que Jesús debía realizar en Jerusalén: es decir, su pasión, muerte y resurrección. San Lucas nos comunica que Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño; pero cuando despertaron, vieron la gloria de Jesús al transfigurarse y de los personajes que estaban allí y hablaban con él; ya cuando esos personajes se retiraban, Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres tiendas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías”, sin saber lo que decía.

Cuando Pedro, no había terminado de hablar, se formó una nube misteriosa que los cubrió, y ellos, al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo y entonces desde el seno de esa nube salió una voz potente que decía: “Éste es mi Hijo escogido; escúchenlo”. Cuando cesó la voz, quedó Jesús solo. Su Padre eterno que lo envió al mundo, daba testimonio del amor por su Hijo y de la misión que le confió en orden a salvar a los hombres y al mundo asociado con ellos, de este modo brillaba la glorificación del Padre por el Hijo encarnado y por el Espíritu Santo.

Nuestra transfiguración a la luz de la transfiguración de Jesús

A la luz y la experiencia de la transfiguración de Jesucristo, estamos convocados como Pedro, Santiago y Juan, para estar con el Señor en lo alto de la montaña de fe y amor, contemplando y profundizando la gracia que Dios nos concede para ser transfigurados desde las tinieblas de nuestros pecados superando las insidias del demonio con sus tentaciones a las cuales debemos resistir y superar con la fuerza y el vigor que constantemente nos comunica y nos ofrece Dios mismo.

Debemos ser orantes siempre a lo largo de nuestras vidas y a través de las ocupaciones y compromisos que nos depara la existencia en esta tierra. Aprender y practicar siempre la oración interior en el silencio profundo de nuestras almas y nuestras conciencias, ante un entorno de cada día que nos puede dispersar y agobiar con tantos aspectos que la cultura compleja de nuestra época nos envuelve y nos atrae sin cesar.

Orar es dialogar continuamente con Dios nuestro padre, por Cristo y bajo el impulso y guía del Espíritu Santo

¡Que el tiempo de la Cuaresma sea una invitación que nos proporciona nuestra Iglesia para subir a la montaña del silencio y de la fecunda y reconfortante oración intensificada por la fe, alentada con la esperanza en las promesas divinas y encendida con el amor a Dios por encima de todas las cosas y amando también a nuestros hermanos como Cristo nos ama y nos sirve, para el tiempo y la eternidad!