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La apoteosis del yo en la tarea de gobernar

Jaime Santoyo Castro
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06 de Mayo del 2019 07:52 hrs
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Liga Corta




“¿A qué exilio puede huir el hombre de sí mismo”?
Imagen / “¿A qué exilio puede huir el hombre de sí mismo”?

Conscientes de la temporalidad de la vida, una de las más grandes preocupaciones del ser humano es dejar huella de su paso por este mundo, y específicamente en el campo en el que uno se desenvuelve.

La historia está plagada de actos y hechos, que son parte de nuestro devenir y nos ha impulsado a ser mejores. Nuestros calendarios están llenos de fechas en las que conmemoramos a hombres y mujeres del pasado que han sido marcados como héroes o mentes brillantes, sea en el campo de la astrología, la literatura, la arquitectura, la música, la poesía, la política, etc. Seres que han marcado positivamente su fugaz pasó por el mundo, dejando clara la relevancia del yo.

Beethoven expresaba en su música su propio yo. Los pintores con frecuencia se auto retratan en sus obras, como reconocimiento a sí mismos. Paganini decía a quienes lo oían tocar “de seguro persistirá en ustedes el deseo de volver a escucharme”; y complementaba con la pregunta: ¿Cuántos paganinis existirán en esta tierra? El poeta del romanticismo británico Lord Byron afirmaba: “¿A qué exilio puede huir el hombre de sí mismo”?

Egocentrismo y auto idolatría que se ve multiplicada en el quehacer gubernamental, pues no hay gobernante que pueda escapar a su propio yo. Su personalidad, sus gustos, aficiones, amistades, creencias, etc., envuelven todas sus acciones y programas, dispuestos a impregnar su imagen en la memoria colectiva como dioses, como únicos, necesarios, insustituibles, perfectos, impulsores del éxito.

La apoteosis del yo desplaza la realidad social; hace a un lado las exigencias colectivas y da paso a la idea del gobernante que no se equivoca; que todo lo sabe y para todo tiene solución, rodeado de una serie de aplaudidores quienes alimentan a ese yo voraz para acreditar su grandeza.

Como hay que demostrar que es el mejor, hay que denostar al anterior; demoler lo hecho, aunque forme parte de su pasado y por ende, hay que perseguir y aniquilar a quien se oponga, a quien trate de minimizar esa grandilocuencia. Nadie, hasta ahora, se aventuró a gobernar sin antes considerar la necesidad de volcar en su gobierno su tenaz singularidad, como si ser gobernante eleve al paraíso a quien lo es, y lo regrese abruptamente a la tierra cuando termine, para ser criticado, acusado, vilipendiado y olvidado.