×
×
×
×


Búsqueda


Introduzca su búsqueda



X

El Día del Señor

La señal inequívoca y auténtica de los verdaderos cristianos

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
~
19 de Mayo del 2019 04:00 hrs
×


Compartir



Liga Corta




“Que se amen los unos a los otros” dijo Jesús a sus discípulos en la última cena.
Cortesía / “Que se amen los unos a los otros” dijo Jesús a sus discípulos en la última cena.

Estamos justo en la mitad de la cincuentena pascual. Hemos celebrado ya los cuatro primeros domingos y nos quedan cuatro más: el de hoy (el quinto), el próximo (el sexto), la Ascensión y por último, el domingo de Pentecostés. La presencia de Cristo resucitado en medio de su pueblo, sigue muy viva y operante para predicar y testimoniar el evangelio y continuamente formar la comunidad eclesial. 

Antes de marcharse a la casa del Padre eterno, Jesús quiere dejar a sus discípulos, bien dispuestos y preparados con la efusión y energía del Espíritu Santo, para ir a todos los rincones de la tierra realizando la misión que les ha confiado para anunciar el Reino de Dios a todas las generaciones, hasta la nuestra. 

De esta manera, Él continuará presente entre sus discípulos y desde luego ahora, entre nosotros, quienes celebramos con fe renovada, su misterio pascual, de pasión, muerte y gloriosa resurrección, hasta el final de los tiempos.

El evangelio de este domingo, pertenece al diálogo con el cual Jesús se despide de los suyos en la última cena. Como un padre amante que hace su testamento, Jesús se limita a lo esencial y les recuerda lo que más lleva adentro de su alma y su corazón: “Hijos míos, me queda poco tiempo de estar con ustedes. Les doy un mandamiento nuevo, que se amen unos a otros como Yo los he amado. La señal por la que conocerán que son discípulos míos, está en que se amen unos a otros”. 

El mandato del amor fraterno: he aquí el testamento y la herencia del Señor. Por voluntad expresa de Cristo, es el amor la señal de identificación de sus discípulos; y signo vivo también de su presencia invisible, pero real y perenne, entre nosotros.

Este mandamiento que ha dado Jesús a todos sus discípulos que crean en Él, no es una imposición que venga de fuera o exteriormente, sino consecuencia del amor gratuito de Dios que nos llega por mediación de Cristo, el Hijo predilecto del Padre. No es una mera obligación, sino un don que lleva a plenitud la obra de salvación con la acción vivificante del Espíritu Santo. 

Podemos entender que el amor cristiano brota del mismo amor trinitario del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La gracia divina si la sabemos aprovechar, es fuente del amor que Cristo expresa en una unión irrompible entre Dios y sus hijos que lo aceptan con su plan de salvación cuya alma es el amor a Dios y a los hermanos. Así, la plenitud de la ley es el amor pleno, abierto en libertad con, en y por Cristo y llevado a su perfección por el Espíritu Santo.

¿Nos reconocerán hoy como cristianos por el ejercicio y despliegue del amor que Cristo nos da?
En los albores del cristianismo, la comunidad primera de Jerusalén, era un verdadero testimonio de amor y de unión ante a los de afuera. Eran muy estimados y su testimonio constante de amor para hacer el bien sin acepción de

personas, edificaba e invitaba a servir y compartir de manera generosa, entrañable y clara. 

Inspirados por la vida ejemplar de las primeras comunidades cristianas, en los días que ahora nos toca vivir, seremos verdaderos y auténticos cristianos, sólo si nos diferenciaremos de los demás, si amamos a las personas: sirviéndolas, ejerciendo el perdón, dedicándoles nuestra atención y nuestro tiempo, comprendiéndolas en sus amarguras, penas y enfermedades; participando de sus alegrías; desterrando de nuestro modo personal de ser el egoísmo, la soberbia, el desdén y la indiferencia, en pocas palabras: el olvido y el desamor.

Conclusión

¡Nuestro cristianismo no es una mera religión de palabras y actitudes que se van pronto sin dejar huella positiva en nosotros y para los demás. 

Comprendamos acertadamente, que el amor que Jesucristo nos pide, es un amor en permanente estado de misión al mundo, para crear, formar y educar personas en familias y comunidades. He aquí el aval y reconocimiento de nuestras eucaristías y demás sacramentos, siempre iluminados con la luz inapagable de Cristo resucitado y su palabra de vida temporal y eterna!