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El Día del Señor

Cristo, unido al padre, nos da el Espíritu Santo prometido

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
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09 de Junio del 2019 04:00 hrs
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Este domingo de Pentecostés es la culminación de la cincuentena pascual. Con esta solemnidad podemos comprender y vivir el misterio de Cristo resucitado y glorioso, de manera más clara y profunda. Debemos aclarar y subrayar, que no es que el Espíritu Santo aparezca hoy por primera vez, al final del tiempo pascual.

Su presencia es realidad desde el día de la pascua de resurrección, como se nos enseña en el evangelio de hoy. En la liturgia de la presente festividad (oraciones y el prefacio), se expresa bien la unidad existente entre pascua de resurrección y pentecostés. Por ejemplo, en el prefacio se nos dice: “Señor Padre Santo. Para llevar a plenitud el misterio pascual, enviaste hoy el Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos por su participación en Cristo”.

En el evangelio de San Juan, el envío del Espíritu Santo sobre los apóstoles, tiene lugar el mismo día de la resurrección de Jesús. En su aparición inesperada vespertina a los discípulos en el mismo domingo de su resurrección, Jesucristo les da su paz, su misión, su Espíritu y el poder de perdonar los pecados. De esta manera, el Señor resucitado cumple la promesa que les había hecho repetidas veces. 

Como Cristo, su misión y obra, las confía a sus discípulos y apóstoles sellándolas con la acción y el fuego del Espíritu Santo.

Como a los primeros discípulos y apóstoles, Jesucristo da también a nosotros , el Espíritu Santo Prometido
En la narrativa bíblica de San Lucas se retrasa el don del Espíritu Santo, hasta pentecostés, esto es, cincuenta días, lo mismo que establece el plazo de cuarenta días para la ascensión del Señor, que hemos celebrado el domingo anterior.

En esta lógica narrativa, San Lucas en la primera lectura de este domingo, nos relata la aparición y acción del Espíritu Santo, sobre el grupo de los apóstoles, con ruido y viento impetuoso y en forma de lenguas de fuego sobre sus cabezas, dándoles la fortaleza, la valentía y la sabiduría para predicar el evangelio de la buena nueva del Reino de Dios, a todos los pueblos de la tierra, comenzando desde Jerusalén.

Hacemos ver de qué manera el contraste de antes y después del don del Espíritu Santo es muy fuerte y notorio. Antes: miedo, tristeza, puertas cerradas, incomunicación, duda, angustia, silencio y clandestinidad.

Después: valor, alegría, apertura, audacia, valentía, comunicación, paz, fe firme y audaz, seguridad y proclamación profética en plena calle. Una vez bautizados con el Espíritu Santo, es muy visible en los apóstoles la fuerza y el dinamismo que vinieron de lo alto y es lo que nos dice el texto de la primera lectura. Con estas experiencias de los apóstoles son enviados a proclamar la palabra del Reino divino a todos los pueblos de la tierra.

Por lo anterior que acabamos de decir y explicar, como en la vida de Cristo y sus primeros discípulos y apóstoles, desde el principio y hasta el fin, en la vida y en la actividad de la Iglesia, que formamos todos los creyentes en Cristo a través de la historia de salvación con todas sus etapas hasta la nuestra y en los días que nos toca vivir, por la fuerza y la iluminación que el Espíritu Santo actúa entre nosotros y con nosotros, habremos de ser transformados desde nuestra pequeñez, miedo e incapacidad, en verdaderos, valientes y audaces testigos y heraldos de la vida de Jesucristo y su evangelio que ahora, en nuestro mundo con su complejidad social y pluralidad cultural, positiva y negativa, habremos de difundir hacia todos los rincones y pueblos de nuestra tierra.

Hoy como ayer, en el presente y hacia el futuro, Jesucristo nos da su Espíritu Santo por voluntad de su Padre, para que valientemente con nuestros pensamientos, palabras y obras, iluminados y penetrados por la gracia y la sabiduría divina de su evangelio, no nos avergoncemos ni temamos ante las insidias del maligno y la oposición de los enemigos de nuestro cristianismo, como único camino de salvación temporal y eterna, con la luz del Espíritu Santo.

Obispo Emérito de Zacatecas*