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El amor cristiano es tener vida para darla misericordiosamente

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
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14 de Julio del 2019 04:00 hrs
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Liga Corta




El evangelio de este domingo, según San Lucas, tiene tres secciones en una dinámica ascendente: 1ª. Preguntas de un perito de la ley a Jesús para ponerlo a prueba. 2ª. Parábola del buen samaritano, exclusiva del evangelista San Lucas. 3ª. La respuesta sabia y luminosa de Jesús, como conclusión y aplicación de la parábola, que expresa y define puntualmente el amor misericordioso, que Cristo pide a sus creyentes y seguidores, siendo él la misericordia divina y encarnada en ejercicio pleno como Dios y hombre perfecto.

El tema esencial del amor al prójimo, viene introducido por dos preguntas de un doctor de la ley a Jesús: ¿Qué hacer para heredar la vida eterna y quién es nuestro prójimo? La respuesta a la primera pregunta era bastante clara y más en el caso de un doctor de la ley mosaica: Es el amor a Dios sobre todas las cosas y a los prójimos como a nosotros mismos. En este precepto esencial y fundamental se encierra toda la enseñanza de la ley y los profetas. El letrado de la ley, respondió a esta pregunta fundamental con la aprobación de Jesucristo. Pero, para justificarse a sí mismo, preguntó luego al maestro Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?. Entonces Cristo le respondió magistralmente con la bella y esplendente parábola conocida como “del buen samaritano” y que hoy es el centro brillante de la liturgia de la palabra de este domingo que estamos celebrando.

En la parábola del evangelio de hoy, el hombre asaltado por los ladrones que lo despojaron de todo, lo golpearon y lo dejaron medio muerto a la orilla del camino que conducía de Jerusalén Jericó, simboliza y representa a toda la humanidad y el buen samaritano a Jesucristo bondadoso y misericordioso. La parábola nos explica que un doctor de la ley quiso probar a Jesús: “¿Maestro qué debo hacer para conseguir la vida eterna?”.

Sin embargo, Jesús lo probó a él, sacándolo de sus horizontes estrechos que consistían únicamente en conocer y enseñar la ley. Jesús le dice: “¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?”. El doctor le respondió, citando el mandamiento del amor a Dios por encima de todas las cosas y a los prójimos como a nosotros mismos. Jesús le contestó aprobando correctamente lo que el perito de la ley había respondido. Pero este doctor de la ley, para justificarse, hizo otra pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?”. Jesús le contestó no de manera meramente indicativa, sino maravillosamente sabia e irrebatible, con la enseñanza parabólica que hoy leemos en el evangelio de San Lucas.

El levita y el sacerdote vieron al hombre caído y moribundo al pasar donde se encontraba a la vera del camino. No se conmovieron ni reaccionaron para ayudar al postrado en su miseria, dolor y agonía. Pero un samaritano que pertenecía a un pueblo que no se entendía bien con los judíos le prestó ayuda, dejando sus planes de viaje que estaba llevando a cabo. Su misericordia y amor para con el desvalido triunfaron, al tener vida y al compartirla con el necesitado. Por esto, Cristo al enseñar al doctor de la ley, le preguntó: ¿Cuál fue el hombre que cumplió con la generosidad para ayudar al hombre caído y en absoluta necesidad, física y espiritual? El doctor de la ley respondió, afirmando que el que había tenido misericordia para con el pobre asaltado y con verdadera necesidad de ser socorrido. Entonces Jesús le dijo: “¡Anda y has tú también lo mismo!”.
Hermanos y hermanas: la grandeza de la vocación cristiana desde la realidad

vital de nuestro bautismo, no está solo en lo que podamos conocer, sino en lo
que debemos hacer ayudando a nuestros prójimos, al estilo y ejemplo de Jesús el buen samaritano.