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El Día del Señor

Cristo, palabra eterna de Dios, habla a los hombres ahora y para siempre

Fernando Mario Chávez Ruvalcaba
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31 de Enero del 2015 23:27 hrs
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Liga Corta




Jesús impactó por su manera de enseñar y hablar, pues lo que hacía coincidía con sus palabras.
Cortesía / Jesús impactó por su manera de enseñar y hablar, pues lo que hacía coincidía con sus palabras.
INTRODUCCIÓN
Hermanos: en el desarrollo y dimensión del tiempo litúrgico ordinario, que se corresponde con la realidad que vivimos históricamente, Dios por Cristo, palabra encarnada, nos habla y nos descubre el misterio de nuestra vida presente y abierta a la insondable realidad del cielo.

Nuestra presencia existencial aquí en la tierra, que nos acoge desde que nacemos hasta que morimos en el plan e intención de Dios creador y salvador de los hombres y del universo asociado a la suerte de los hombres, está ordenada a ser iluminada con la revelación, que esplende como luz inapagable del mismo Dios para que los hombres nos encontremos constantemente en nuestro peregrinar por esta tierra con él y entre nosotros, como hijos adoptivos suyos, hermanos de su Palabra encarnada y morada del Espíritu Santo quien completa en nosotros la iluminación de la revelación divina.

En este domingo cuarto del tiempo ordinario, la Iglesia nos enseña cómo Cristo, palabra de Dios, enseñaba a las multitudes de su tiempo con toda la autoridad y la sabiduría de su ser y actuar y no como los escribas y fariseos.

Escuchemos en el “hoy” de este domingo la voz del Señor y no endurezcamos nuestro corazón como nuestros antepasados en el desierto, junto a las fuentes de Masá y Meribá.

JESUCRISTO, PALABRA ETERNA DE DIOS, HABLA CON TODA LA AUTORIDAD Y LA FUERZA DEL CARISMA QUE LO DISTINGUE
La escena evangélica de este domingo se desarrolla en la sinagoga de Cafarnaúm y en ella distinguimos dos momentos:

Primero, el impacto que en la gente causa el estilo de enseñar de Jesús; y segundo, la curación sorprendente de un poseso.

Lo que acabamos de decir obedece a que, al llegar la plenitud de los tiempos, Dios Padre ya no habló por intermediarios, los profetas, sino por su propio Hijo.

Esto se notó de manera ascendente y a la vez trascendente, cuando las gentes, al escuchar a Cristo, distinguieron su manera de enseñar y hablar, ya no como lo hacían los escribas y los fariseos, sino con autoridad propia, que robaba la atención y la adhesión de las mentes y los corazones, cuando quedaban sorprendidos de lo inédito y completamente novedoso de las enseñanzas del divino Maestro.

Pero Cristo, al hablar, confirma maravillosamente sus enseñanzas acerca del Reino de los Cielos al dar la certeza de los milagros que hacía. Por esto, y como leemos en el evangelio de San Marcos, lo seguían multitudes enormes para ser iluminados con estas enseñanzas del Reino y pretendían al mismo tiempo, ser curados de sus dolencias y enfermedades.

La autoridad de Jesús, al revelar los secretos de Dios, se caracteriza perfectamente porque viene del “carisma” y no únicamente del poder.

El poder que, de ordinario, los hombres aspiran tener a costa de muchos trabajos y ambiciones, incluso desmedidas, es superficial y transitorio.

Poder que se sustenta en las cosas materiales y en las pasiones desmedidas de estar por encima de los demás, con expansión del orgullo y muchas veces fruto del egoísmo y satisfacciones meramente individualistas.

La auténtica autoridad, para hablar y enseñar, se gana a pulso, se merece y se goza. Por eso, tener auténtica y verdadera autoridad es la que brota y se sostiene por el “carisma” y esto es lo que hacía que Cristo enseñara con autoridad irrebatible y no de la manera como lo hacían los escribas, intérpretes de la ley mosaica y de que no daban testimonio convincente.

Jesús rechaza y condena para sí mismo, y los suyos, el poder del dinero, de la fama temporal y terrena que obscurecen las mentes y los corazones, al hundirlos en el orgullo y la soberbia.

¿DE QUÉ MANERA NOSOTROS PODREMOS SER TESTIGOS DE LA PALABRA DE CRISTO, EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO, Y UNIRNOS A ÉL PARA SALVAR A LOS HOMBRES?
La enseñanza de Cristo avalada con sus obras o milagros, como el que nos relata San Marcos el día de hoy en su evangelio, a favor de un pobre poseído por el Demonio, nos hace comprender de alguna manera, que Jesús es: “Hombre acreditado por Dios con milagros, signos y prodigios... que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”, palabras de San Pedro en su discurso de Pentecostés en la ciudad Jerusalén.

Cabe decir ahora que el estilo servicial y liberador de Cristo, el Señor, debe ser la norma de actuación e inspiración de santidad para todos sus creyentes.

Él es el modelo de acción y compromiso de toda comunidad que se gloríe del nombre cristiano y desde luego de cada uno de nosotros sus seguidores y discípulos.

CONCLUSIÓN
Padre Nuestro, te bendecimos y te glorificamos, porque Cristo Jesús, tu amado Hijo a quien debemos escuchar y seguir, basó su autoridad en el “carisma” de ser Dios y hombre verdadero con su encarnación y no en la fuerza y el poder; en el servicio liberador y no en la opresión de lo demás.

En él nos has mostrado, Señor, que es posible ser hombres libres, despojados de todo pecado y dueños y señores de nuestro destino conforme a tu voluntad amorosa.

Tú nos haces ser hermanos de los demás sin acepción de personas. Solidarios activos, de todo aquel que sufre. Ayúdanos hoy más que nunca, a continuar su misión libradora, como nos enseña nuestro Papa Francisco, hombre sencillo y evangélico que atrae y conmueve para que los cristianos de nuestro tiempo y hora, seamos partícipes del “carisma” de tu Hijo muy amado a quien debemos escuchar y seguir.

De esta manera, el anuncio de tu Reino llenará de luz nuestro mundo atribulado y misionalmente ayudaremos con tu gracia y el don de tu Espíritu Santo para que nuestro mundo sea casa de vida en plenitud, libertad y esperanza segura que nos impulse a curar y sanar las heridas del pecado y vencer la acción del maligno. Entonces tu Reino será nuestro patrimonio de amor fraterno para la historia terrena y para la eternidad.

Obispo emérito de Zacatecas
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