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El Recreo

Peña no es el problema; tampoco la solución 

J. Luis Medina Lizalde
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01 de Febrero del 2015 18:45 hrs
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Liga Corta




Seamos justos: Peña Nieto no tuvo más remedio que recortar el presupuesto del 2015 por la exorbitante cifra de 124 mil millones de pesos. Decisiones de esa naturaleza nos son dictadas desde el extranjero, para eso se destruyó la base económica del régimen, consistente en 1 mil 200 empresas públicas y se eliminó de la Constitución el fundamento de las decisiones soberanas.

La debilidad del Estado no es una consecuencia, es una finalidad lograda de una tecnocracia anidada en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público y el Banco de México a la que López Portillo abrió las puertas cuando, en vez de Carlos Tello Macías, escogió como sucesor a Miguel de la Madrid.

De lo que sí podemos responsabilizar a Peña Nieto, además de no hacer nada para revertir la perniciosa dependencia heredada, es de su carencia del más elemental sentido social al recortar obras de infraestructura de gran calado que además de su impacto modernizador en la economía implican creación de empleos en el corto plazo.

Así renunció a la dorada oportunidad de cancelar de una vez por siempre la adquisición del avión más caro de la historia y la insultante remodelación del hangar presidencial que las dimensiones de la aeronave requieren, a un costo de mil millones de pesos.

Siendo tan obvia la utilidad política de la cancelación de ese desvarío faraónico y conocido de sobra el pragmatismo de Peña Nieto y equipo, no nos queda más remedio que suponer que hay mucho de negocio malsano en este entuerto que nadie atina a deshacer.

Peña Nieto es responsable de ni siquiera intentar bajar el costo de la clase política que tiene fama mundial de funcionar en el exceso y que sin ningún pudor realiza sus encuentros lejos de los amplios espacios institucionales a su disposición.

En cambio, esta clase prefiere los sitios que frecuenta el turismo mundial súper-rico, se aloja en los hoteles más caros y consume los alimentos en restaurantes a los que jamás se asomaría si el pago no procediera de los impuestos que paga la gente.
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El ídolo caído
Los que pronto perderán su empleo, los que verán incrementadas sus dificultades para acceder a uno, los dueños de negocios que verán comprometida su viabilidad a la hora de razonar su circunstancia no deben ignorar que Peña Nieto, de haber podido, no hubiera impuesto el drástico recorte en estos momentos.

Hubiera preferido hacerlo después del 7 de junio para que la irritación social no le costara votos al PRI, pero donde manda capitán no gobierna marinero y a los que han secuestrado el Estado mexicano poco les importa la lógica electoral inmediata.

Peña Nieto es un lastre para los que le confiaron la encomienda de otro sexenio neoliberal; los que lo llenaban de elogios ahora hasta lo insultan diciendo que “no entiende que no entiende”. Los más recientes balconeos no provienen de Carmen Aristegui ni de Proceso, sino del reverenciado The Economist o el Wall Street Journal.

Los más severos “ganchos al hígado” no son los de López Obrador, a los que ya debe estar acostumbrado, sino a Lorenzo Servitje, el poderoso patriarca empresarial que ni con Marcial Maciel fue tan severo cuando se hizo del dominio público el tipo de “fichita” que era.

La respuesta deseable a tanta desventura vendrá de la sociedad o, si usted quiere, de la parte más consciente y activa de la misma. En el camino hemos de abrirle paso a la más amplia coincidencia que vislumbramos en el horizonte: que el Estado de Derecho deje de ser retórica pura y se convierta en sustento real de nuestra convivencia colectiva.
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No es que no quieran; no les conviene
El problema es que en un auténtico Estado de Derecho al Presidente de la República se le investiga por sus “casas blancas” para fincarle responsabilidades o para exonerarlo, por eso con Peña Nieto no contamos.

A los que reciben “moches” desde la función pública se van a prisión buen rato, por eso no contamos con muchos presidentes municipales, legisladores y uno que otro gobernador.

En un auténtico Estado de Derecho la compra de votos, la utilización ilegal de recursos públicos y el uso de dinero subterráneo pueden significar hasta la pérdida del registro y llevar a tribunales a los responsables; por eso con los partidos habituados a esas prácticas no contamos.

Tampoco serán aliados de la construcción de un Estado de Derecho los que venden información sesgada y opinión a modo como si fuera periodismo.

La dura situación reclama derribar las barreras que impiden que los mexicanos, en vez de espectadores renegones, seamos ciudadanos de pleno derecho. Las sociedades se salvan así mismas o no se salvan.

Nos encontramos el jueves en El recreo.