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Desacierto en un salón de clases

Huberto Meléndez Martínez
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06 de Abril del 2015 21:21 hrs
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Liga Corta




Dedicado a Ana Bertha Cervantes y Leticia Orenday.

Había un cierto ambiente de pesadumbre en el salón de clases o es probable que se tratara de una situación emocional colectiva, pues estudiantes y maestros se enteraron de que Julio César tenía un severo problema de salud. Los médicos habían diagnosticado leucemia.

La persona encargada de la prefectura empezó a hablar de manera individual con cada uno de los estudiantes para pedirles que lo trataran con prudencia en los juegos de esfuerzo físico.

Es característico el dinamismo de los estudiantes del primer grado de secundaria, pues apenas están dejando la etapa infantil para entrar a la adolescencia y todavía les atraen los juegos de la niñez. La mayoría se relacionan con habilidades físicas importantes; en actitud de reto y aguante, no son pocos los muchachos que resultan lesionados en sus extremidades por lo abrupto de sus jugarretas.

La trabajadora social estuvo comentando en privado el caso con cada profesor.

El maestro de Educación Física lo adoptó como auxiliar tomando lista y haciendo registro de las habilidades de sus condiscípulos.

La lista de restricciones parecía numerosa: Evitar carreras o deportes que implicaran agitarse, jugar al “perro flaco”, ese juego en el que tiran al piso al más distraído y se amontonan encima de él, generando un gran escándalo e invitando a los más pesados a colocarse encima de la pirámide.

El maestro de Matemáticas quiso asumir una actitud humanitaria. En una de sus clases le dio a Julio César una encomienda fuera del salón de clases.

Aprovechando la ausencia, el maestro comentó con el grupo la situación de este joven.

Preguntó al grupo si tenía conocimiento sobre el problema de salud de su compañero. La mayoría dijo que no. Les pidió consideración y un trato más delicado que el ordinario. Pretendió explicarles a detalle la necesidad de evitar riesgos.

Informó que el tratamiento médico iba a provocar algunas consecuencias en su complexión física, la agresividad de los medicamentos le haría perder peso y pelo, aparecerían algunas manchas por su rostro y se vería decaído o desganado. Habría inasistencias recurrentes por asistir a las citas del hospital.

Consideraba necesario buscarlo por las tardes para ayudarle en las tareas.

Las chicas se comprometieron a tomarlo en cuenta para hacer trabajos en equipo, en generosa actitud solidaria. Los muchachos se mostraron extrañados, porque decían que él mismo era brusco en el jugar y provocaba su práctica, pero se comprometían a aplicarse en evitar juegos bruscos.

En este grupo había un tocayo de este alumno y mientras el profesor exponía el caso, el muchacho, con ojos muy abiertos y una atención envidiable, asimilaba el comunicado. Fue el primero en mostrar solidaridad con Julio, las semanas sucesivas estuvo al pendiente de aquél, pero poco a poco fue retirándose de las clases hasta que tuvo que darse de baja por lo avanzado de la enfermedad.

El maestro, involuntaria y desafortunadamente había confundido a sus dos estudiantes.

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