×
×
×
×


Búsqueda


Introduzca su búsqueda



X

Cartas desde el exilio

?La era del timo

Miguel G. Ochoa Santos
~
21 de Marzo del 2016 00:05 hrs
×


Compartir



Liga Corta




Hubo un tiempo donde el arte era una ventana a lo insólito, lo perturbador, lo imposible, lo inasible, lo inexpresable. Aquello que transgredía la mediocre rutina cotidiana, las formas instrumentales de comunicación y los raídos lenguajes revelaba descaradamente las petrificaciones y los anquilosamientos a los que tiende el quehacer mundano en su discurrir histórico. 

No se buscaba glorificar lo pueril y trivial, mucho menos ensalzar las ocurrencias más insustanciales, como por desgracia ocurre hoy. Se trataba de mirar, palpar, escuchar y sentir la existencia de diferentes modos y perspectivas; también de generar mundos improbables y producir obras y lances estéticos, cuya finalidad era inherente a sus propios intereses.

Incluso las influencias de factores externos tenían que pasar la aduana de las formas para conquistar un
lugar en los productos artísticos. Ni la ideología, ni los apetitos políticos, ni las leyes del mercado podían dominar un territorio que por definición escapaba a este tipo de estructuras toscas y opresivas. La verdad del arte no se medía por su apego a la objetividad de lo empíricamente dado, porque traer al mundo lo que aún está ausente o, bien, evocar mediante los lenguajes aquello que habitaba en los intersticios de lo visible era su real vocación.

El lamentable invento del arte comprometido es demasiado moderno, pero instantáneamente caduco, una vez que el cobre de los dogmas suyos sale a relucir. Liberales y rojos han intentado hacer digeribles los agrestes discursos suyos, usando algunas estrategias, dispositivos y técnicas estéticas y retóricas que pertenecen a los lenguajes ficcionales. Pero los artistas rebeldes siempre terminan luchando contra las pulsiones autoritarias y restrictivas, por más que con antelación se hayan presentado como portadoras de amores cósmicos.

Hoy la industria cultural tiende a ser hegemónica y vende la ocurrencia baladí a precio de oro. No ensalza lo extraordinario, sino aquello predeciblemente ñoño; la carcajada agreste en lugar de la sonrisa irónica. Un verdadero timo.