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A pesar de estudios repetidos 
Antonio Sánchez González 08-05-2014 22:00 hrs

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Chéjov, el médico-escritor ruso escribió a fines del siglo 19: “Pienso que los seres humanos debemos tener fe o buscar por lo que tener fe, de otro modo, nuestra vida está vacía, muy vacía. ¿Vivir y no saber por qué vuelan las grullas, por qué nacen los niños, por qué hay estrellas en el cielo? Debes saber por qué estás vivo, de otro modo nada tiene sentido, solo moviéndose al viento…”.

El pronóstico de las mujeres enfermas de cáncer de mama ha cambiado significativamente en los últimos siete años, a consecuencia de mejores técnicas de diagnóstico temprano, pero principalmente porque existen mejores artes de tratamiento a partir de medicamentos más eficaces y porque los médicos entendimos que había que preocuparse por atender los malestares de esas mujeres pasados los años de terapia inicial, más allá de solo pensar en no morir: había que evitar infecciones, desnutrición, dolor y ser agresivo solo lo justo. Hoy día, el 94% de las mujeres que se intervienen con cirugía para tratar una neoplasia del seno sobreviven más de cinco años, a veces para tener que lidiar con otra enfermedad derivada del tratamiento.

Se estima que en México hay unas 700 mil supervivientes de cáncer de mama. Cuando se habla con ellas y se pretende conocer qué necesidades tienen después de que ya saben que están curadas demandan tres cosas: ver satisfechos su requerimientos médicos (para no tener más molestias físicas), entender el plan de tratamiento, y atención de sus necesidades espirituales y emocionales. No hay nada que les cause más malestar e inquietud que la incertidumbre: quieren saber qué va a pasar.

Alrededor de la mitad de estas mujeres refieren la preocupación como secuela principal del tratamiento del cáncer ya curado, seguida muy de cerca por cansancio emocional como segundo motivo que requiere atención médica, por encima del dolor en la pared del tórax que recibió radioterapia o la hinchazón del brazo que a veces queda para recordar el tratamiento. Un tercio de ellas cita que tiene menos calidad de vida, producto de la preocupación.

Es notable que personas que han tenido que vivir por años con una enfermedad potencialmente mortal tengan incertidumbre y sufran por ella, por la incertidumbre, aunque se sepan curadas.

Significa que los médicos no nos preocupamos por hablar con ellas y aclarar sus dudas, a pesar de meses de contacto, medicamentos tóxicos, intervenciones y estudios repetidos.

Este fenómeno se repite en el caso de la gente que tiene otras enfermedades crónicas, como los infartos cerebrales o la insuficiencia renal, lo que posiblemente significa que algo falta en la atención sanitaria de hoy: quizá por ello, también Chéjov escribió “no hay nada más espantoso, insultante y deprimente que la banalidad”.
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