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¿A usted en el último año, le han robado alguna parte de su automóvil?

Aquí no ’tá, aquí ’tá 
Édgar Félix 13-01-2014 20:30 hrs

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Los últimos días del 2013 y los primeros de este 2014 mostraron dos caras muy distintas del ejercicio periodístico en Zacatecas. En diciembre desaparece Zoila Edith Márquez y algunas semanas después aparece, como el conejito orejón del clásico acto de magia. ¿Quién fue el mago de este acto sorprendente? Por supuesto, el astuto procurador estatal Arturo Nahle García, el mejor ilusionista del gabinete de Miguel Alonso.

Del otro lado de la moneda del azar de la vida, en enero, muere de un infarto fulminante el periodista -defensor de periodistas en México- del Committee to Protect Journalists (CPJ), Mike O’Connor, quien en los primeros meses de 2013 estuvo en Zacatecas para realizar el reportaje: “La regla en Zacatecas: No informar sobre el cartel”. Una excelente investigación de la situación de seguridad de los periodistas zacatecanos, de la cual copio un párrafo:

“En otros estados la prensa se vio obligada a silenciarse tras los asesinatos de periodistas -en algunos casos, una cadena de crímenes. Pero en Zacatecas, los carteles no tuvieron que asesinar ni a un solo periodista para acallarlos a todos. Según la investigación del CPJ, se trata de una modalidad que rige en muchos estados mexicanos: los carteles logran el control, la prensa se siente intimidada y el público queda desinformado. Y como no se producen muertes entre los periodistas locales, no llama la atención el generalizado problema de la autocensura”.

Es aquí, en esta lógica descrita por Mike O’Connor, en donde se une la desaparición de dos semanas de la periodista Zoila Edith Márquez, porque para entonces se creyó que en Zacatecas se rompió esa regla silente o de tapabocas para la prensa mexicana, sobre todo en las entidades controladas por el narcotráfico que describe O’ Connor: “Y como no se producen muertes entre los periodistas locales, no llama la atención el generalizado problema de la autocensura”. Al menos, se creyó que en el estado los criminales tuvieron que despeinarse un poco para callar a la heroica prensa estatal, pero no ocurrió. El encantador Nahle García sacó de entre su lustrado bombín mágico al conejo. Y nadie más habló del asunto. ¿O alguien duda de que Zoila, a quien le ventilaron impunemente todas sus intimidades familiares y maritales, haya desaparecido y luego aparecido sin mayores explicaciones?

Pero como en todo acto de magia, al puro estilo Harry Nahle, quien desde el inicio aseguró que no se trataba de un secuestro, poco a poco fue dosificando la información para crear una atmósfera de especulación y expectativa, para terminar como héroe de una mala película de los Almada, porque ha sido él y sólo él quien logró descifrar el acertijo y encontrar a la víctima. Hubo más de cinco quijadas al piso, bocas abiertas y ese tufo de que al final del cuento nos engañaron. Bien por ese mago que ha contribuido a acuñar con letras de plomo la frase que consigna O’Connor en su reportaje: “Otros afirmaron que decir la verdad equivalía a un suicidio y que la autocensura era el único modo de sobrevivir”.
 
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