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Archivo Bastardo
Eric Nava Muñoz. 08-08-2014 00:41 hrs

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Liga Corta




Archivo / El Archivo Bastardo en la Galería de Comercio.
A finales del año 2011, la Galería de Comercio, que presenta proyectos artísticos autónomos en la Ciudad de México, convocó a participar en el Archivo Bastardo, de Fabiola Iza.

Se trataba de reunir proyectos artísticos no realizados y que además hubieran sido rechazados por alguna institución o espacio comercial.

En la presentación del archivo se habla de una vaga relación con el Salón de los Rechazados de París, que a mediados del siglo 19 se convirtió en uno de los momentos clave del arte moderno.

La intención de Iza era analizar las redes sociales, políticas y económicas y las estructuras de poder que definen quién puede, y quién no, exhibir en tal lugar o formar parte de ciertos circuitos culturales.

El archivo sirvió también para mostrar los procesos detrás de la concreción de una obra y cómo en
ocasiones el documento para solicitar fondos parece volverse más un fin que un medio.

Javier Toscano afirma que el ejercicio no consistió en mostrar la cualidades de los proyectos, ignoradas por unos jueces incapaces de reconocerlas.

Lo que se consiguió, en realidad, fue evidenciar los juicios de valor que determinan una época. Los resultados de un proceso de selección no son una respuesta absoluta a la pregunta “¿qué es arte?”, sino un proposición relativa, temporal, limitada a un contexto específico.

Esta conciencia, dice Toscano, es producto de reconocer que el mundo del arte no pertenece al ámbito de lo inefable, lo trascendental o lo espiritual enigmático.

Son los gustos, las obsesiones y los errores de una élite de jurados los que definen qué y quiénes forman parte de ese mundo. 

Visto así, el Archivo Bastardo es una compilación que muestra los tópicos y obras que no interesan, por ahora, a ese grupo.

Esto también nos habla de la caducidad de los concursos de arte o de ejercicios como el realizado en Nuevo León para “reconocer a la producción artística” de ese estado.

La inconformidad con los resultados da lugar a críticas, muestras independientes y otras formas de rechazo, pero generalmente no cuestionan la pertinencia del concurso criticado.

Podríamos clasificar a los concursos en dos grandes grupos: los que asignan apoyos de producción o patrocinios y los que operan como indicador de la calidad de la producción.

Los primeros son necesarios, especialmente cuando se trata de recursos públicos, pero deberían establecer criterios claros y específicos acerca del tipo de proyectos que apoyarán.

Los segundos están, como pone en evidencia Fabiola Iza, fuera de lugar en tanto pretendan convertirse en un referente absoluto de lo que es arte o no.

Mientras no existan criterios que limiten claramente la intención del concurso, estos serán un ejercicio inútil, más allá de servir para agregar una línea al currículum de un artista o dar la primera plana al funcionario que los organiza.
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