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Arriaga, pueblo migrante, casi fantasma
Excélsior 16-02-2017 10:36 hrs

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Liga Corta




ARRIAGA, Chis.- Melancólicamente acostado, bajo un vagón abandonado, nos lo encontramos. Antoni lleva 22 días fuera de Honduras, salió de casa con una sola ilusión, salvarle la vida a su hija.

La extraño, ella sufrió enfermedad, nació malita. Y le pido a Dios por esa intención, voy a Estados Unidos a ganar una moneda para ayudar a mi hija”, dijo Antoni Menezes.


Hoy no sabe si logrará su meta. Ve muy lejana la idea de llegar a Estados Unidos; su plan era subirse al tren en Arriaga, tren que ya no pasa más por aquí debido a la aplicación del programa Frontera Sur que, teóricamente, protegería a los migrantes, pero que según muchos de ellos en la realidad se ha vuelto una cacería para deportarlos y abusar de ellos.


La vida del migrante es muy difícil, mucha gente no lo comprenden, pero ni modo, qué le vamos a hacer”, señaló Antoni.


Aquí nació “La Bestia”, en este punto donde miles de indocumentados a diario esperaban ansiosos al tren para subirse a perseguir el sueño americano.

Era donde se juntaban prácticamente y donde se quedaban hasta que el tren se moviera, se sentaban abajo de los vagones, se acabó esa historia, se acabó”, recuerda Laura Cruz, habitante de Arriaga.


Arriba de los fierros, colgados, sentados y con la mirada hacia el horizonte, era común verlos adornar la locomotora.


Antes era como que era enganche, llegaba un gentil allá arriba, hoy no, los bajan si suben 4 o 5 los bajan como a 10 kilómetros”, afirma otro habitante de Arriaga, Don Goyo.


Hoy el panorama luce desierto. Es como un pueblo migrante casi fantasma, el sol es el único amigo de las cajas abandonadas que llevan meses estacionadas aquí.

Esto fue el punto de partida de La Bestia y en ese sentido aquí se congregaban los migrantes antes de tomar el tren y seguir viaje al norte, tiene ya un par de años que ya no es evidente y ahorita casi cero, es difícil ver que pasen migrantes todavía”, advirtió Sinar Corso, Defensor de Derechos Humanos.


Pero Antoni es uno de esos pocos. Decidimos subir con él a uno de estos vagones olvidados para, recordando, ayudarlo a continuar con su camino.

Tenemos que caminar, tenemos que rodear y al saber que el tren ya no camina, ya no nos quiere llevar, es más difícil para nosotros, más que nada”, lamentó.


Antoni en pocos días ha pasado hambre, sueño, robos... dice sentirse agotado, pero sin perder la fe.

Lo invitamos a conocer el albergue del pueblo donde hay otros tantos en su misma situación.

Do, tres días con hoy, 3 días sin comer, ajá, y apenas me dieron moneda para comer, podemos ver con qué viajas, qué traes en tu maleta […] Traigo una sábana, mi cinturón, una playera, unos pantalones […] llegar a Estados Unidos, la esperanza, sí porque la fe mueve montañas”, dijo.


Llegamos a la Casa del Migrante.

Se le dan tres días para que se recupere bien, se le dan alimentos y el hospedaje”, informó Elías Gaspar, trabajador del albergue.


Al fin un oasis en su travesía… Antoni se pudo olvidar de su condición, pudo descansar, limpiarse el cuerpo y refrescar sus ilusiones para poder seguir adelante.

Ahí conocimos a don Polo, que, a sus 60 años de edad, tomó valentía, y pese al peligro implícito, decidió buscar suerte en el país del norte.

Realmente subirse al tren es una amenaza, como de la migra, como de los asaltantes […] rifándosela, caminando, caminando ratitos en combi y así”, dijo Polo Fuero, migrante de El Salvador.


Al igual que Antoni, a Polo y a muchos más, lo que más le duele es su familia, a quien no saben cuándo podrá volver a abrazar.

Me acuerdo de mi esposa, ella es la que más me interesa, y de mi hermano, que es inválido, la verdad, y ya no quiero estar allá, duele el corazón, bastante”, dijo Polo.


Pero, aunque el corazón duela, ante tanto dolor, ellos aseguran que siempre guardan una luz de esperanza para su camino.