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Cartas desde el exilio
Ciudad de los signos
Miguel G. Ochoa Santos 17-08-2014 21:00 hrs

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Liga Corta




Son los propios ciudadanos quienes dejan la impronta de intereses y deseos en los espacios urbanos.

Día a día contribuyen a crear la real cotidianeidad, trazando con las motivaciones suyas los vericuetos de calles, plazas y edificaciones, dando forma, a la vez, al bullicio de los rituales sociales.

Son éstos quienes van conformando el rostro flexible de una metrópoli pletórica de signos y símbolos, donde las actividades materiales confluyen con la gestación pausada del patrimonio intangible. Es la ciudad un arabesco de significación y una trama de indicios que exige del poblador o el visitante una apuesta interpretativa para encontrar su real vocación.

Cuando llegué a Zacatecas, por primera vez, el contacto con el espacio urbano fue prodigioso e inquietante. Rápidamente las construcciones arquitectónicas mostraban la centralidad del signo visual.

Edificios y museos confluían en la mirada agolpando sus efectos retinianos, la densidad pétrea se diluía en la plasticidad de obras pictóricas.

Al lado de este eje óptico, discurrían las códigos gráfico-lingüísticos. Los signos visuales mutaban en fonemas poéticos y obras acústicas que discurrían en las páginas de un espacio literario ingenioso y formidable. Pintores, fotógrafos, poetas, escritores e impresores se confabulaban para crear una ciudad simbólica e imposible.

Zacatecas no es una ciudad empresarial y de negocios, sus calles aún no despiden el tufillo dinerario, ni lanzan humos fabriles a los aires, aunque algunas calamidades se han enraizado.

Mi querido amigo Jesús Becerra Villegas abrió en mí la inquietud por conocer Zacatecas. Desde nuestros tiempos juveniles y universitarios en Monterrey, Chuy buscaba el menor pretexto para lanzar su perorata febril sobre la riqueza artística de su tierra natal. Lo hacía con elocuencia lopezvelardiana y arrobo místico, a pesar de nuestras burlas fraternales. Tempranamente mostró su voluntad de adentrarse en los terrenos herméticos de la teoría semiótica, a hurgar en el bosque tupido e infinito de signos y símbolos.
Comenzó este viaje iniciático de la mano de Umberto Eco.

Acaso esta inclinación pasional suya sea la contraparte natural de la ciudad-signo en la que nació.

Habitando y creciendo en ella el oriundo no tiene más remedio que convertirse en un intérprete de huellas e indicios. Quizá por ello, su familia paterna se entregó de lleno al cultivo de las artes gráficas con notable esmero, tal vez con la esperanza de atrapar las revelaciones del tiempo en el instante infinito del signo. Chuy como investigador universitario ha continuado por otros medios con la tarea del clan Becerra Félix: descifrar la ciudad y la vida. Su padre, Don Jesús Becerra, que en paz descanse, heredó a su hijo este arte de bucear en la memoria y los recuerdos.
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