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 Pagan justos por pecadores
Elizabeth Sánchez Garay 05-12-2013 22:00 hrs

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Liga Corta




Hace años colaboré en la elaboración de una iniciativa para simplificar la adopción de niños en Zacatecas que afortunadamente prosperó.

Para la elaboración de aquella iniciativa, leí pronunciamientos del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, UNICEF, así como algunos lineamientos legales para la adopción en distintos estados de México y de otros países.

La cuestión es bastante paradójica. Por un lado, es comprensible la preocupación de las instituciones gubernamentales, en cuanto a asegurar el respeto de los derechos fundamentales de los niños adoptados. Por otro lado, hay lugares donde los procesos son tan largos y dificultosos que pareciera existir la consigna de impedir la adopción.

Como en muchas situaciones de la vida social, en estos casos parecieran pagar justos por pecadores.

Las personas bien intencionadas y ansiosas de criar a un niño y quererlo tanto como se quiere a un hijo biológico, penetran en el laberinto burocrático por culpa de quienes cometen actos ilícitos con los infantes adoptados.

De todo ello me he acordado con las noticias de los medios españoles sobre un caso que ha generado gran indignación. Me refiero al asesinato de una niña china, de 12 años, a manos de sus padres adoptivos de nacionalidad española.

Llamada originalmente Yong Fang, y registrada en Galicia como Asunta Basterra, la pequeña creció en un hogar aparentemente estable y seguro. El padre era un periodista independiente y la madre fue cónsul de Francia en Santiago.

Después de la adopción, los padres protagonizaron varios reportajes televisivos donde comentaban la felicidad que los embargaba con el nuevo miembro de la familia, al tiempo que estimulaban a otros matrimonios a seguir su ejemplo.

Sin embargo, después de la muerte de los padres de ella, y de la separación de la pareja, las cosas empezaron a cambiar. Durante varios meses la niña fue sedada con altos niveles de ansiolíticos y, de acuerdo con los análisis forenses, el día de su muerte la pequeña fue drogada con un represor del sistema nervioso central, después fue maniatada con unas cuerdas y finalmente murió por asfixia.

El juez que sigue el caso está convencido de que los padres de Asunta urdieron el plan de asesinarla de manera conjunta: él se encargaría de drogarla para facilitar la asfixia que ella ejecutaría.

Los motivos del asesinato no se conocen, pero es un hecho que este ominoso acto no sólo acabó con la vida de esta niña, sino que ha perjudicado hondamente a niños y adultos que aspiran a establecer una relación filial a través de la adopción, sobre todo por el circo que han montado los medios, tan necesitados ellos de sacar provecho de sucesos trágicos.
 
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