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Cartas desde el exilio
Promesas ilusorias 
Miguel G. Ochoa Santos 25-05-2014 21:40 hrs

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Liga Corta




Es perturbador atestiguar la ubicua presencia de las promesas en el discurso político. Cada año, ciclo o periodo electoral los candidatos a algún cargo estatal no tienen empacho en recetarnos una infinita variedad de ofertas que habrán de consumarse cuando ellos adquieran el poder. Es decir, proyectan sobre el tiempo intangible del mañana aquellos deseos y expectativas que no se han concretado en el tiempo presente.

Los ciudadanos solo tienen la opción de creer fervorosamente en las promesas porque nada les asegura la sinceridad de éstas, mucho menos podrían tener la plena certeza de la fuerza profética que supuestamente poseerían para convertirse en hechos reales. De esta forma, el discurso político tiende a asemejarse al credo religioso, se requiere una fe inquebrantable para aceptar ofrecimientos que no pueden demostrarse racionalmente.

Durante los años de la hegemonía del partido único, las promesas estaban vinculadas orgánicamente a un ritual sexenal que hacía brotar de la decadencia presidencial las flores promisorias de un futuro esplendoroso. El dispositivo funcionó a la perfección durante décadas porque si bien el dominio flotaba sobre dispositivos autoritarios y mecanismos punitivos nada precarios, el asentimiento de la población se lograba mediante el empleo de una retórica fantasmagórica.

El viejo sistema se encargaba de aplazar las gratificaciones que en el presente no se podían obtener, creando un chivo expiatorio sexenal para que la ciudadanía descargara la ira que las frustraciones continuas se encargaban de engendrar. Así el gobierno lograba ocultar que las calamidades del aquí y ahora en realidad eran una consecuencia de las promesas ilusorias efectuadas en el ayer. Sin cumplir lo prometido lograba religarse con las esperanzas ciudadanas, poniendo al presidente saliente en la pira de la plaza pública.

El vuelco democrático electoral terminó con el dispositivo del viejo sistema, pero dejó intacta la retórica de la promesa, acaso porque la política misma descansa en una visión lineal del tiempo. El bienestar y la libertad siempre se deslizan al futuro, siempre son producto de las luchas y esfuerzos realizados en el pasado y el presente. Nunca el presente por sí mismo es escenario de goce, lucidez y realización integral.

Por tanto, las reformas actuales brindarán sus frutos en los años subsiguientes, no pronto. El escaso crecimiento económico de la actualidad mutará en galopante ascenso al final del sexenio. Los resultados de las evaluaciones de calidad mostrarán dentro de cinco décadas que las políticas educativas instauradas hoy son las correctas. La corrupción será inexistente cuando fenezca este siglo, lo mismo que la pobreza.

Los políticos seguirán lanzando sus promesas ilusorias, pero espero que la ciudadanía haya aprendido a verlas como gracejadas y disparates.
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