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Caperucita y la leyenda de El Chapo
Édgar Félix 03-03-2014 22:30 hrs

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Liga Corta




Hace algunos tres años, un amigo me contaba con tono serio y palabras domingueras rebuscadas, las cuales parecían extraídas de algún arcaico diccionario del glorioso siglo 17 galo, cuando surgió el cuento de La Caperucita Roja, mostrando un rostro adusto, medio infantil, medio ingenuo y medio magisterial, para darle credibilidad a sus palabras (como si el engaño no existiera en el mundo) de la visita que El Chapo Guzmán hizo a Zacatecas. Remataba su anécdota, dejando un silencio incómodo, con esta frase: “y a todos les pagó las cuentas de lo que habían con-su-mi-do”.

No supe qué decir. No tuve una respuesta sensata ante tal leyenda o cuento o chisme de boca en boca. ¿Sería cierto? ¿Fue un invento? Y qué diablos debería andar haciendo el capo de visita al restaurante La Garufa, de Zacatecas, el comedero político del estado.

Lo imaginaba, como una mala película de los Almada, mientras mi amigo me contaba la anécdota: El Chapo entraba a La Garufa, del boulevard López Mateos, rodeado de matones, mientras comían los selectos diputados, funcionarios de primer nivel, alcaldes, empresarios y una vasta y refinada clientela de la sociedad zacatecana que acude a este lugar. Una película de ciencia ficción, sin duda.

Aún me niego a aceptarlo como una verdad, ni siquiera como verdad a medias. Inclusive aquella de El Mayo Zambada que rentó para él y una bella acompañante un hotel completo en el Centro Histórico, a un lado de la cafetería Acrópolis. Eran los años en que Amalia García Medina dejaba el rastro de cómo desgobernar durante seis años y salir airoso.

El asunto no paró aquel día, durante un desayuno, cuando escuché la famosa anécdota de El Chapo, sino que en otras conversaciones se contó, con más detalles y teatralidad, el suceso. Cada vez se arrojaban más datos como cuántos celulares puso en su mesa, cuántos guaruras eran y cómo iban vestidos, el cinturón piteado con las iniciales CDG que El Chapo traía, las camionetas con placas de Durango, etcétera. Un guión cada vez más completo.

Ahora que leo las crónicas por la aprehensión de El Chapo, de las mañas que tenía, de las informaciones que dan cuenta de que le gustaba ir a restaurantes en Culiacán y pagar la cuenta de todos los comensales, parece que la leyenda de La Garufa en Zacatecas cobra vida o las piezas se acomodan ante una verdad que no logramos entender o no queremos aceptar. Esa verdad que llega tomada de la mano de la impunidad, de la corrupción y la complicidad de las autoridades.

Y queda como una leyenda, porque la parte oficial, los gobiernos, los diputados y “defensores de la seguridad del pueblo” se hacen de la vista gorda para evitar ser implicados. El Chapo es una papa caliente que incomoda a varios y lo han convertido en una leyenda, en la Caperucita Roja, cuyo cuento original fue modificado para hacernos creer que el lobo se come a la abuelita, cuando la historia real era exactamente al revés: la tierna caperucita y la abnegada abuelita se comen al infernal lobo.
 
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