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Comienza un proyecto educativo
Huberto Meléndez Martínez 07-04-2014 20:30 hrs

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Liga Corta




Con dedicatoria especial al profesor Claudio Báez Rodríguez y equipo de maestros.

¿Cuántas cantinas existen en nuestro pueblo?” Pregunta el presidente del comité de padres en aquella escuela. El auditorio empezó a enunciar las que conocía, advirtiendo que eran numerosas en proporción a los habitantes de la ciudad.

“¿Y cuántas cantinas clandestinas tenemos?”, expresó mordazmente cuando hubieron concluido la lista anterior.

La asamblea entera irrumpió en sonrisas, invadiendo el recinto con un murmullo burlón. Mencionaron los lugares que todo mundo sabía, después fueron escuchando sitios de venta de alcohol desconocidos para la mayoría.

Otra pregunta categórica fue enviada a la concurrencia: “¿y cuántas escuelas clandestinas hay en nuestro pueblo?”, inhibiendo el ruido de la estancia porque la pregunta sonó como martilleo de juez en la corte. Nadie acató a emitir respuesta alguna. ¿Serían necesarias?

Esta escena era recordada por un maestro rural de primaria, cuando recibió la invitación de sus colegas para dar matemáticas en una “escuela clandestina”. Lo convencieron los hechos.

Los intrépidos profesores de aquella comunidad habían comenzado a impartir clases a una treintena de jóvenes. Decidieron iniciar el ciclo en el mes de enero.

De agosto a diciembre anduvieron indecisos por aventurarse en aquella tarea. Eran muchos los titubeos porque algunos consideraban que el proyecto tenía implicaciones legales. Temían recibir amonestaciones de sus autoridades educativas.

Por fortuna la idea fue apoyada de inmediato por vecinos y autoridades ejidales, con una decisión ejemplar.

Hacía falta un equipo profesional, pero los maestros Pachuca, Mario, Claudio, Hugo y Eloy, tenían la decisión y el aplomo para constituirlo. Consiguieron libros de texto y, disponiendo de la formación básica, se prepararon lo mejor posible para impartir las clases. Su convicción era más fuerte que sus carencias.
Invitaron casa por casa a todos aquellos jóvenes que habían terminado la instrucción primaria en los últimos años, y recorrieron las comunidades circunvecinas haciendo lo propio.

Ese mérito tan noble mereció el reconocimiento regional, porque la circunstancia económica y social era similar al promedio de la población.

Como no había edificio, utilizaron las instalaciones de la escuela primaria para dar las clases por la tarde.
Los salones carecían de servicio eléctrico y a doña Duvi, le tocó facilitar una conexión desde su casa, previo acuerdo del formato de pago en el consumo correspondiente.

El comité organizador repartió a los estudiantes foráneos entre las familias de la localidad. El compromiso de cada hogar sustituto fue proporcionar alimentos y hospedaje de manera gratuita. Algunos no tenían alumnos en esa escuela y aun así colaboraron solidariamente.
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