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Curaduría
Redacción 26-09-2013 21:53 hrs

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Liga Corta




Archivo / Harald SzeeMann
En los últimos años, la figura del curador ha cobrado relevancia en la escena del arte actual. Se trata de un personaje que no siempre es bien recibido.

Se le ve como un oportunista al servicio del mercado. Se aprovecha del trabajo de los artistas para ganar autoridad y, una vez que la obtiene, usa su poder para legitimar, o no, a los artistas que antes explotó.

La palabra tiene su origen en el latín curare, que significa hacerse cargo de algo.

A finales de la Edad Media, curador se refería al encargado de cuidar los bienes de menores o lunáticos. Hacia 1660 se empleaba para designar al encargado de un museo, biblioteca, zoológico o cualquier lugar de exhibición.

En todos los casos, la palabra tenía una connotación jerárquica entre el cuidado y el control: el curador es alguien que preside, conduce o está por encima de algo.

Los primeros museos de la historia fueron establecidos por el Estado. Por lo tanto los curadores eran empleados del gobierno y tenían como encargo usar los acervos como herramientas pedagógicas, como el medio para llevar la “alta cultura” a las masas.

Bajo ese entorno, las exposiciones adquirieron una halo de responsabilidad social que en algunos casos terminó haciendo de ellas propaganda explícita, como la exposición Arte Degenerado (Munich, 1937) promovida por el régimen nazi.

La tarea de investigar, adquirir y exhibir públicamente arte, dotó al curador de un conocimiento que lo convirtió en una autoridad, un propagador y administrador del “buen gusto”.

También hubo figuras como Alfred H. Barr, el primer director del Museo de Arte Moderno de Nueva York (fundado en 1929), quien no tenía interés alguno en “educar” al público, sino en mostrar los méritos y cualidades formales del arte moderno.

Sin embargo, la práctica curatorial de Barr seguía basándose en una distinción jerárquica que colocaba su conocimiento y opiniones por encima de aquellas de los artistas y el público.

En la década de 1950, la aparición de foros artísticos liderados por artistas liberó al curador de su papel como “educador del gusto” y lo colocó en un lugar más flexible y vulnerable. Las decisiones acerca de qué y cómo se exhibía estaban en manos de los propios artistas. El público dejó de ser un receptor ignorante para convertirse en parte de las discusiones propuestas desde el arte.

Bajo estas condiciones comenzó el trabajo de Harald SzeeMann (1933-2005), generalmente reconocido como el primer curador independiente.

Su trabajo se enfocó en la idea de la exposición como un proceso inacabado, que no debía sujetarse o limitarse por las funciones de la institución que la presenta.

Para Szeemann, la exposición era una forma de arte en sí misma, un campo de experimentación, sin la obligación de ser conceptual o cualitativamente concluyente.

Gracias al trabajo de Szeeman y otros, el curador ha dejado su papel como administrador del gusto, lo que efectivamente le dio poder en el mercado. Ahora se ha colocado entre el arte y el público, como un DJ que combina obras, acciones e ideas para abordar distintos temas de forma crítica a través de una exposición.

*Coordinador del Muno
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