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El Día del Señor
El encuentro de Jesucristo con la mujer samaritana
Fernando Mario Chávez Ruvalcaba 18-03-2017 20:37 hrs

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Liga Corta




Cortesía /

Introducción

Los temas bíblicos que la Iglesia nos va presentando en los cinco domingos de Cuaresma, nos ayudan a prepararnos para la celebración de la Pascua de Resurrección.

Hemos ya contemplado en los domingos anteriores de este tiempo cuaresmal: 1º. Las tentaciones de Jesús en el desierto y su triunfo sobre el maligno que se atrevió a tentarlo. 2º. En el Domingo anterior, hemos contemplado la Transfiguración de Jesús en el Monte Tabor, teniendo como testigos a Simón Pedro, Santiago y Juan y 3º. En el presente domingo, captamos y queremos aprovechar espiritualmente, el encuentro y el diálogo de Jesús con la mujer samaritana.

Este tema y pasaje bíblico que nos ofrece San Juan evangelista, de manera muy hermosa y con todo un avance de conocimiento mutuo de parte de Cristo y la mujer samaritana, se realiza haciendo referencia al agua del pozo de Jacob, ya prefigurada en la primera lectura de hoy, tomada del Libro del Éxodo, cuando Moisés presionado por el pueblo que le exigía darles agua porque ya estaban sedientos y cansados en el desierto a donde los había conducido por mandato de Dios, pide al Señor lo ayude en su tribulación.

Dios le responde: “Toma en tu mano el cayado con que golpeaste el Nilo y vete. YO estaré ante ti, sobre la peña, en Horeb. Golpea la peña y saldrá de ella agua para que beba el pueblo”.

Entremos, pues, hermanos, en el misterio del encuentro de Jesús con la mujer samaritana y recojamos las enseñanzas, tan entrañables de este pasaje bíblico, que ilumina y da sentido muy pleno a nuestra presente eucaristía en el tercer domingo del tiempo de Cuaresma. 


El encuentro y el diálogo de Jesús y la samaritana

Decimos ahora, que la conversación discurre desde la sed de Jesús quien pide agua a la mujer hasta el agua que él ofrece. Agua viva de Cristo, que apaga la sed para siempre y se convierte dentro del que la bebe en surtidor que salta hasta la vida eterna.

Precisamente, ese es el don de Dios que ignora la samaritana, vida en plenitud eterna por medio de la fe y el seguimiento de Cristo, Mesías e Hijo de Dios hecho hombre. Para captar esto que estamos diciendo, hace falta imprescindiblemente una luz que venga de Dios.

Por esta razón, Jesús va desvelando poco a poco a la samaritana, su propia identidad de Mesías y Profeta, hasta llegar a la plena manifestación en aquellas palabras del diálogo: “El Mesías soy Yo, el que habla contigo”. Eco y plenitud en los labios de Jesús, de la fórmula de revelación divina en el antiguo testamento: “El Yo Soy de Yavé”.

Y avanzando en esta contemplación de nuestro pasaje bíblico, el tema inicial del agua viva, y el segundo tema intercalado: la adoración al Padre en espíritu y en verdad son los dos tiempos que realizan progresivamente la revelación del misterio de la persona de Jesús a la mujer samaritana y luego a sus paisanos, cuando misionalmente y como testigo, ella los lleva a la presencia de Cristo, para que ellos también conocieran el atractivo, la sabiduría profética y bondad maravillosos de Cristo el Mesías que
también esperaban los judíos.

Y esto a pesar que entre los dos pueblos: judíos y samaritanos no se podían ver, ni mucho menos tratar.
Jesús así demuestra que es promotor de paz y fraternidad entre los pueblos de la tierra, más allá de las culturas propias y la identidad de cada pueblo. Él es la luz de todos los pueblos de la tierra para enseñarnos que Dios es Padre de todos los hombres y para ellos desea la paz y la vida divina como patrimonio común.

Cristo, como a la samaritana, nos ofrece agua para una sed inextinguible

El agua es un elemento necesario para la vida. Nuestro cuerpo tiene un alto porcentaje de ella y todos los seres vivos nacen, crecen y se reproducen con el agua.

De manera especial, podemos decir  que esta agua que Jesucristo ofrece a todos los pueblos de la tierra, es esencial para el corazón de todos los hombres, sedientos siempre de felicidad y liberación total del pecado y la muerte eterna.

Cristo ofrece esta agua a la mujer samaritana y a sus paisanos. Descubrimos siempre, la insatisfacción profunda y constante del ser humano a través de la historia. Por esto, la sed puede adquirir significados diversos: materiales, unos; espirituales, otros.

Tenemos sed de agua y de cariño, de dinero y de felicidad, de pan y verdad, de cultura y dignidad que se respete siempre; de paz, misericordia y perdón; seguridad, fraternidad y sed de justicia y derechos humanos.

Ante las carencias de todo tipo que actualmente sufren muchos hermanos en esta tierra, hagámonos solidarios con Jesucristo, pidiéndole su gracia y favor para expander su Reino de amor sin fronteras; sin desmayar jamás en nuestra vocación y empeño para aprender siempre  ser generosos, afables y dispuestos a participar  los bienes que tengamos, como Cristo a la samaritana y a todos nosotros.

¡Ojalá escuchemos hoy la voz del Señor y acudamos a él como fuente de agua inagotable de vida perdurable, para este mundo y para el del más allá, donde reine el amor y la dicha de ser hermanos por encima de las exigencias de la carne y  la sangre en Cristo Jesús!

*Obispo emérito de Zacatecas