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Fetiches Críticos
Eric Nava Muñoz. 05-06-2014 23:20 hrs

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Liga Corta




Cortesía / Componente interno de la aspiradora de Karmelo Bermejo.
De mayo a agosto de 2010 se presentó la exposición : Residuos de la economía general, de El Espectro Rojo, un grupo de trabajo formado por Mariana Botey, Helena Chávez McGregor y Cuauhtémoc Medina.

Montado en el Centro de Arte Dos de Mayo en Madrid, el proyecto proponía una exploración de los cruces entre prácticas artísticas y teoría desde perspectivas políticas, postcoloniales y poéticas.

La intención era cuestionar la reflexión económica ordinaria, impuesta como un “sentido común” del pensamiento dominante en el sistema neoliberal.

Para Medina y Botey, el fetiche es un concepto gozne que refiere a la vez la necesidad y obligatoriedad de estabilizar necesidad y producción, utilidad y demanda, racionalidad y valor, sentido y materia.

Podría decirse que el concepto de fetiche aparece para dotar a los objetos de un carácter que está más allá de su condición material: el fetiche es siempre otra cosa.

El término se usa igualmente para referirse a ídolos que parecen obsoletos o producto de un deseo inexplicable, que al culto a las mercancías o, en una revisión actual, el fetiche es un objeto material cuyo poder es controlar a los seres humanos.

La muestra reunió obras de más de 20 artistas que de distintas maneras investigan la poética de los intercambios y procesos productivos de la pérdida, el gasto o la dilapidación.

Sin prestarse a lo que El Espectro Rojo llama el carácter melancólico de la reflexión contemporánea, los artistas que participaron trastocan las ficciones de la utilidad, intercambio equivalente y racionalidad de la inversión a través del fetiche.

El capitalismo es tratado como un objeto de análisis, abierto a fracturas y paradojas que los artistas aprovechan en su búsqueda poética.

Se puso en escena un capitalismo salvaje y primitivo, al borde del desastre producido por un deseo que desborda a los objetos.

En la exposición se incluyeron obras como Componente interno de la aspiradora del director de un Centro de Arte reemplazado por una réplica de oro macizo con los fondos del centro que dirige, de Karmelo Bermejo.

El autor pidió autorización para reemplazar un componente interno de un aparato de uso doméstico, propiedad del director del centro, Ferran Barenblit, por una réplica del mismo en oro de 18 kilates.

Tras un intercambio de cartas, se establecieron ciertas condiciones sobre la aspiradora, el aparato elegido: ésta sería siempre propiedad Barenblit, quién podría conservarla o venderla a un precio no menor al que pediría una galería de arte. La obra no podría ser donada ni el dinero usado para algún fin benéfico.

La aspiradora debía exhibirse completamente armada, sin que la pieza de oro pudiera ser vista. Tampoco podrían distribuirse imágenes de la misma.

Es decir, dado que se ignora el tamaño del componente de oro y no se puede comprobar su existencia en modo alguno, la aspiradora queda convertida en un fetiche cuyo valor no depende del costo de los materiales, sino de haber sido intervenida en una acción artística.

Tal como se propusieron los curadores, la operación crea una zona residual, un disturbio de la economía general, una economía alternativa que podría ser potencialmente peligrosa para el sistema.
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