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La familia del suicida
José María Jiménez 26-11-2013 22:30 hrs

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El impacto del suicidio en una familia no será el mismo para los hijos que para los hermanos, padres o pareja. En el proceso de duelo, cada fiesta o acontecimiento evoca la pérdida. Habrá que evitar que la idealización del muerto, la sensación de deslealtad o el miedo a otras pérdidas impida contraer nuevos vínculos o empuje a abandonar compromisos.

El sufrimiento, el fracaso en el logro de objetivos, las contrariedades y los conflictos son experiencias dolorosas que deben ser integradas y pueden ser manejadas de forma constructiva sin dejarse arrastrar por la auto-aniquilación.

Explicar la muerte por suicidio como un síntoma de una enfermedad mental puede disminuir el riesgo de la imitación, mecanismo que, según se ha comprobado, puede inducir a algún otro miembro a seguir el mismo camino.

J. Montoya Carrasquilla subraya que, para el proceso de sanación, es preciso diferenciar la forma de la muerte de la forma en que vivió el suicida.

Lo que realmente importa no es la manera como murió el ser querido, sino el hecho de que ya no está.

Tratar todas las muertes del mismo modo constituye un craso error. Es preciso conocer el modelo de relación que utiliza la familia, su grado de cohesión, el tipo de comunicación que mantienen sus integrantes y que mantenían con el difunto.

Es importante también que el terapeuta acompañe a la familia para que supere sus mecanismos de negación. La utilización de expresiones claras como “muerte”, “morir”, “enterrar” o “suicidio” sirven para señalar que se es capaz de hablar con naturalidad de este tema por más doloroso que resulte y ayuda a los demás a sentirse cómodos y a abrir sistemas emocionales cerrados.

Los eufemismos contribuyen a la confusión y a no enfrentarse a una dolorosa realidad.
Adquiere una especial importancia el apoyo a la familia respecto al manejo de sus sentimientos de culpa, que es una fase habitual por la que pasan todos cuantos pierden un ser querido.

Es conveniente “normalizar” este sentimiento y vivir como algo natural el hecho de preguntarse qué se hizo mal o qué se dejó de hacer bien.

Los procesos de duelo no pueden ni ahorrarse, ni precipitarse porque cuando se cierran en falso se convierten en fuente de patologías.

No existe receta mágica que pueda liberar del dolor sobrevenido de forma inesperada y violenta. Habrá que confiar en el valor terapéutico de la maduración en el paso del tiempo y en sus efectos terapéuticos.
 
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