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La caridad ¿ya pasó de moda?
José Manuel Félix Chacón 18-03-2014 22:10 hrs

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Liga Corta




Hace algunos días reflexionando a propósito de la cuaresma, me puse a pensar con qué podemos comparar este tiempo especial de gracia y me decía a mi interior que es como cuando nos cambiamos de casa y comenzamos a preparar la mudanza. Comenzamos a empacar y descubrimos que tenemos muchas cosas que en realidad ya no ocupamos y procedemos a hacer una limpia e ir separando lo que sirve y lo que no, lo desechamos.

En este contexto quiero compartir durante estas semanas algunos fragmentos del mensaje del Papa Francisco a propósito de la cuaresma.

Ante todo, nos dicen cuál es el estilo de Dios. Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza (siendo rico, se hizo pobre por vosotros…). Cristo, el hijo eterno de Dios, igual al padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros, se desnudó, se vació para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15). ¡Qué gran misterio la encarnación de Dios! La razón de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama.

La caridad, el amor es compartir en toda la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros. Jesús, en efecto, trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado.

La finalidad de Jesús al hacerse pobre no es la pobreza en sí misma, sino, -dice San Pablo,- "para enriquecernos con su pobreza". No se trata de un juego de palabras ni de una expresión para causar sensación. Al contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la encarnación y la cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica.

¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan El Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente, necesitada de perdón, entre nosotros, pecadores, y cargar con el peso de nuestros pecados.

Este es el camino que ha elegido para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria. Nos sorprende que el apóstol diga que fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y, sin embargo, San Pablo conoce bien la "riqueza insondable de Cristo" (Ef 3, 8), heredero de todo (Heb 1, 2).

¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino (cfr. Lc 10, 25ss).

 
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