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Cosas de Jerez
Las charlotadas de la pelusa   
Javier Torres Valdez 06-08-2014 23:19 hrs

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En varias ocasiones al pasar por el sitio donde estuvo instalada la plaza de toros La Reforma surgen los recuerdos de aquellas memorables tardes en que tanto los curros del pueblo, como la pelusa se daban cita para asistir a las corridas de toros en las que invariablemente el empresario era don Isidro de Santiago, quien jamás tuvo competencia, pues era dueño del coso taurino.      

Casi siempre tuvo el auxilio de otro jerezano: el famoso ganadero Chucho Cabrera, quien gracias al entrañable cariño que siempre le tuvo a su tierra, le “echaba la mano” a don Isidro en la contratación de toreros a un precio que le permitiera tener precios accesibles para los aficionados a pesar de que la plaza era chica.  

Sobra decir que don Chucho participaba también en el envío de toros de su ganadería, mismos que eran una garantía para un buen espectáculo.

Por aquellos ayeres, la ciudad de Zacatecas solo tenía la placita llamada San Pedro, donde hoy se encuentra el Hotel Quinta Real. Su cupo era muy reducido.  La ciudad capital no tenía feria, solamente se programaban corridas para el 15 o 16 de septiembre, así que prácticamente no eran competencia para la plaza de Jerez.

Eran los años en que ni Villanueva ni Jalpa ni Tlaltenango y de hecho casi ningún municipio cercano tenía plaza de toros y eso hacía que las corridas de toros en Jerez tuvieran éxito casi siempre.   

En algunas ocasiones, también participaron como empresarios, el doctor Juanito Santoyo y don Carlos Acevedo, quienes eran compañeros rotarios de don Isidro de Santiago. El doctor Francisco Eduardo Varela, como presidente del Patronato de la Feria, también fungió como empresa.

Eran los tiempos en que los “picadores”, utilizaban caballos de desecho, flacos o enfermos, los que casi siempre eran “prendidos” por los toros, causándoles la muerte a los pocos minutos, aunque cierta vez me tocó presenciar como un picador de Chihuahua, conocido como El Mochilón, con una “aguja de arria”, cosió la panza de un caballo y volvió a salir a la pica con tan mala suerte para el caballo, que volvió a ser cornado y entonces como un acto piadoso, El Mochilón pidió la ayuda del “puntillero” y acabó con la agonía del caballo.

Por lo general, la afición taurina despertaba en los festejos del carnaval, pues el domingo correspondiente casi siempre había corrida, al día siguiente una novillada y el martes era celebrada por “la palomilla jerezana” una charlotada.  

Casi siempre encabezaban el espectáculo: Memín Varela, Chilano Correa, El Judas Landeros, La Ticha Correa, el Rompenubes Guzmán, Paco Ibarra, su hermano y quien esto escribe.

Mi mayor mérito fue intentar poner un par de banderillas, pero de rodillas; la vaquilla pasó sobre mí llevándome entre las patas, pero logré ponerle el par (en las costillas).

Las vaquillas algunas veces eran prestadas por el general Anacleto López, otras veces por don Marcelo Miranda de Huejúcar. Los animales para la corrida formal y la novillada también eran de El Saucillo.

Los precios para la Charlotada eran de 4 para sol y 8 pesos para sombra. Resulta obvio mencionar que quienes iban a sol, llegaban bien servidos de copas, agrediendo con frases irónicas o de burla a los “curritos” de sombra.

Nada parecido a lo que actualmente sucede en Tlaltenango, en donde palabras de grueso calibre, acompañadas de mentadas de madre en forma directa son externadas por “los pintados”, integrantes de una palomilla brava de aquel lugar.

Afuera de la plaza de Jerez cuando había festejo, nunca faltaba la venta de gorditas, tacos, semillas piñones, “cualaistas”, naranjas y cacahuates.

Nunca se podrán realizar comparaciones con lo actual, aquello se registraba simplemente en otros tiempos, cuando en el pueblo todavía existía ingenuidad e inocencia pueblerina.    
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