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Negociar la muerte
Ainhoa Muguerza Osborne 20-08-2014 21:00 hrs

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Bukachi recuerda el día en que varios hombres se presentaron en su casa en Kenia. Le ataron los pies y las manos, la amenazaron con pistolas y le robaron todo lo que tenía.

En Costa de Marfil, Mariame cuenta que tuvo que huir con su familia cuando un grupo de milicianos irrumpió en su vivienda a punta de Kalashnikov. A Hamedh le sorprendió el fuego cruzado en la ciudad de Hamá, en Siria.

Una bala le alcanzó en la espalda. En cada conflicto bélico las armas están presentes y detrás, países como Francia, Estados Unidos, China, Alemania o España que exportan al año millones de armas. Un negocio rentable para algunos países y mortal para otros.

Según el último informe del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), la cifra de ventas de los principales productores superó en 2012 los 290 mil millones de euros. Estados Unidos, Rusia, Alemania, Francia y China encabezan en ese orden la lista de los principales fabricantes y exportadores de armas a nivel mundial.

Los datos se ajustan a la demanda interna e internacional de cada país y el comienzo o el fin de una guerra determina la producción de las compañías; la retirada de Estados Unidos en Irak, redujo el volumen de ventas de algunas empresas que suministraban armas al país árabe; la progresiva disminución de la presencia internacional en Afganistán se traduce en una gran cantidad de armamento que sobra en Europa.

Mark Bromley, investigador para el Programa de Exportaciones del SIPRI, apunta a estos dos factores y a los problemas económicos como decisivos en la cantidad de armas que se venden a otros lugares. “La crisis financiera en Europa, la retirada de Irak y la reducción de efectivos en Afganistán, hacen que la Unión Europea (UE) trate de exportar un volumen considerable de material militar sobrante”, aclara.

Aun así, Estados Unidos y la parte occidental de la Unión, controlan el 87% de la producción a nivel mundial.

En paralelo, la organización Amnistía internacional alerta de que cada minuto muere una persona como consecuencia de la violencia armada y se calcula que desde 1989 han fallecido cada año por estos conflictos al menos 250 mil.

Cada país debe aprobar una serie de licencias a las empresas que exportan armas y analizar la situación del lugar de destino antes de vender el material. En base a esta idea, distintas organizaciones han logrado que se incluya en el Tratado Internacional sobre el Comercio de Armas lo que se conoce como Regla de Oro.

Esta consiste en una cláusula por la que se impide exportar armas si pueden contribuir a “cometer un genocidio, crímenes de lesa humanidad” o ataques a la población civil y otros crímenes de guerra.

Hasta la fecha, 116 países han firmado el Tratado, 9 lo han ratificado y Corea del Norte, Irán y Siria han votado en contra. Otros, como China o Rusia, se han abstenido. Para que entre en vigor es necesario que lo aprueben otros 41 o de lo contrario será papel mojado.

La realidad es que las relaciones internacionales van más allá de los acuerdos y los convenios. La firma de nuevos compromisos no evita que las balas, los tanques y los kalashnikov de centenares de lugares del mundo tengan el sello made in Francia, España, Alemania o en tantos otros.

Tampoco impide que países como Malí, Irán o Egipto reciban armas, ni tampoco que alrededor de un millón de las que se producen al año se pierdan por el camino o se roben como denuncia Intermón Oxfam.

La seguridad es la primera razón que se alega en este tipo de intercambios. La misma que impera en las zonas con mayor número de armas por hogar como ocurre en Estados Unidos; la que no ha evitado las masacres en los colegios de Connecticut, Virginia o Columbine ni tampoco las estadísticas que afirman que cada hora se producen tres muertes por armas de fuego en Estados Unidos.
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