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Obamacare, lecciones para la salud en México
Antonio Sánchez González 17-10-2013 21:50 hrs

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Lo que sucede en Estados Unidos con la ley impulsada por el Presidente Obama para reformar el financiamiento y funcionamiento de su sistema de salud, llamada Obamacare, más allá de si la discusión ideológica les ha llevado a cerrar sus oficinas y museos, podría servirnos en México para pensar en las condiciones que guardan nuestros sistemas sanitarios.

La atención médica estadounidense está basada en la medicina privada y paga en función del número y precio de los procedimientos diagnósticos y terapéuticos practicados a cada enfermo, cosa que la encarece hasta ser prohibitiva y significar enorme carga económica. Lo que discuten los norteamericanos es que gastan cantidades anuales equivalentes al producto interno bruto mexicano en atender a sus ciudadanos enfermos crónicamente, en particular los viejos, diabéticos, obesos, cardiópatas, con nefropatía y cáncer; éste gasto excesivo debe fondearse considerando que la atención por paciente les cuesta más que en cualquier otro país.

A partir de lo anterior, Obama promulgó obligatorio que cada ciudadano compre un seguro de gastos médicos que podría financiarse con fondos fiscales para individuos desfavorecidos como los inmigrantes, recurso al que se oponen los republicanos y que pretextaron para impedir la liberación del presupuesto gubernamental.

Habitualmente, los mexicanos buscamos al médico tarde, estando muy enfermos, a través de una mezcolanza entre los servicios privados y la seguridad social, que además son muy dispares en calidad técnica, eficiencia administrativa y asistencial, con el ingrediente de que estas diferencias se acentúan de región en región. Los médicos mexicanos hace años que tratamos personas con enfermedades de ésas que llamamos crónico-degenerativas-mismas que tienen en aprietos a los americanos, término que puede entenderse como sinónimo de catástrofe dados los costos que una familia tiene que afrontar cuando tardíamente se entera que peligra la vida uno de sus miembros y amerita diálisis, cateterismo cardiaco o intervenirse por un tumor que también cambia la existencia de los parientes sanos. Recordemos que en México seguimos viendo personas con padecimientos infecciosos y del embarazo, propios de países subdesarrollados: los mismos que se han llamado enfermedades de la pobreza, como si aquí todas no lo fueran.

Los norteamericanos discuten cómo hacer menos costosa y financieramente viable la atención de sus enfermos, porque saben que van a tener muchos, por muchos años. En México ni siquiera lo pensamos: no apreciamos que el alumbramiento de una criatura en el patio de una clínica en Oaxaca, el Doctor Simi, la carencia de medicamentos en el ISSSTE, las filas largas en el Seguro Social o Popular, y los precios de la medicina privada son síntomas de un régimen enfermo que está por colapsar. También la de la salud debería ser otra de las reformas estructurales que ahora se discuten.
 
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