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Periferia
Paisaje y tiempo
Eric Nava Muñoz. 20-02-2014 21:30 hrs

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Liga Corta




Cortesía / Desplazamiento de Espejos en Yucatán: Segundo Desplazamiento.
El paisaje es una imagen cultural: un modo de representar o simbolizar lo que nos rodea. Parece ser distinto a quien lo mira, sin embargo el observador es parte de él.

Aunque se nos presenta como algo terminado, en realidad es resultado de un movimiento constante. Incluso las colinas y valles en su aparente quietud se transforman al paso de milenios.

Sin embargo, aunque tendemos a pensar en el paisaje como lo natural, el espacio construido es también paisaje.

Habitar es transformar y al mismo tiempo cargar de sentido el espacio de sentido. Si bien, el paisaje no es homogéneo, con las interacciones de nuestra vida creamos lugares que sólo existen porque podemos distinguirlos del resto del espacio.

Un árbol deja de ser cualquier árbol cuando se convierte en un punto de reunión: la sombra bajo la cual los cosechadores descansan tras un largo día de trabajo o el centro del área de juegos del parque.

El lugar, una vez señalado, es un nodo en el que convergen distintas temporalidades: el cambio lento e invisible para nosotros, de la tierra, el crecimiento de las plantas, el movimiento de los animales, las interacciones humanas.

Ahí donde tribus nómadas como los achilpa de Australia sitúan el centro del mundo, marcándolo con un poste sagrado que llevan consigo en sus recorridos, se unen pasado y presente, el mundo natural y el sobrenatural.

Ese lugar, ordena el mundo y a partir del centro los achilpa pueden habitar en él. De la misma forma los monumentos y templos marcan los lugares que habitamos.

Un lugar es una referencia en el espacio, pero también, y quizá más que otra cosa, una referencia en el tiempo. Un lugar existe en la medida en que los objetos que lo producen permanecen, es decir, mientras aparentemente se vuelven inmóviles.

Pero, ¿qué ocurre si un lugar se marca con la luz del sol reflejada en un conjunto de espejos? ¿Y si estos espejos no se dejan en un solo punto, sino que además son colocados en distintos momentos y espacios, de manera que el único rastro de cada emplazamiento es una fotografía?

Eso fue lo que hizo Robert Smithson (Passaic, 1938) en su obra Desplazamiento de Espejos en Yucatán, en 1969 atravesó la península de Yucatán con 12 espejos de 30 centímetros, que colocó en nueve instalaciones a lo largo del trayecto.

Los llamó desplazamientos por los espejos destructuran la lógica del lugar. Los espejos rompen la continuidad de la tierra al reflejar el cielo y multiplicar los objetos que están en o sobre ella.

Pero también cuestionan la idea de lugar. Primero porque como vimos antes un lugar existe a partir de la permanencia. Los espejos, dice Smithson, no están sujetos a la duración, porque son una abstracción que se transforma.

Pero también porque los espejos ya no están ahí: no hay sobre el terreno una marca que señale dónde estuvieron, la luz que reflejaron, otra forma de movimiento, fue borrada. Sólo queda una fotografía, un registro de la luz de aquel instante.

Yucatán está en otro lugar, concluye Smithson.
 
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