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Píldoras para los dolores del alma 
Antonio Sánchez González 12-12-2013 21:00 hrs

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Liga Corta




Un informe reciente de la OCDE describe un aumento en el consumo de antidepresivos por los habitantes de países que la conforman. El análisis del texto asocia el incremento a las dificultades cotidianas, laborales y sociales, que enfrentan los habitantes de esos estados y al intento de paliar las preocupaciones con tabletas.

La depresión es una enfermedad perfectamente descrita en los textos médicos, y los clínicos la diagnosticamos cuando en un enfermo están presentes un grupo variopinto de datos que incluyen desde sentimientos continuos de tristeza, de soledad, de minusvalía, o inquietud sin motivo y de intensidad desproporcionada, pero que también se rodean de molestias físicas como dolor continuo, dificultades de la memoria, variaciones de peso, cansancio constante o alteraciones de la líbido; el diagnóstico se puede hacer si un cúmulo de estos datos se prolonga por varias semanas. Una de cada cinco personas tendrá depresión en la vida. Es una enfermedad que cambia la vida. Es tan física que puede matar, por suicidio.

La depresión es una enfermedad física con origen bioquímico, que los médicos conocemos bien y los medicamentos diseñados para tratar a las personas que la sufren están dirigidos a modular los desajustes fisiológicos causales. Efectivamente, algunos antidepresivos, sobre todos los de creación más reciente, tienen utilidad en el tratamiento de otras enfermedades, en particular las que motivan dolor crónico, y de ahí parte del aumento de sus ventas. Igual que las aspirinas, que sirven para aliviar resfriados y prevenir infartos, éstas drogas tienen más de una indicación. Desafortunadamente, digámoslo así, no existe en un análisis que se pueda pedir al laboratorio para medir el tamaño de la enfermedad, como si es posible con la glucosa o la epilepsia.

La industria farmacéutica, siempre en su negocio, ha promovido el uso de sus productos y les ha dado nombres atractivos: el Prozac de los ochentas era la “droga de la felicidad” y la paroxetina de la timidez. No son baratas y tienen efectos secundarios.

La depresión es una enfermedad, no es tristeza. No vale la pena explicar la fisiopatología de la congoja.
A veces, los médicos queremos tratar todo con el nombre de un menjurje anotado en un papel. Más aún, cuando de dolores del alma se trata, quien los padece quiere que se quiten pronto. Pero, la tristeza no se quita con medicinas y es trabajo de los médicos distinguir entre las patologías que ameritan prescripción y las que no. Ojalá hubiera cajitas con dosis medidas de colita de rana, para sanar estos sufrimientos.

Curiosamente, el aumento del uso de antidepresivos no se ha dado entre los habitantes de los países más pobres, donde las carencias y dolores son parte de la vida misma.
 
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