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Travesía del terror para niños migrantes
Elizabeth Sánchez Garay 14-08-2014 21:00 hrs

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Liga Corta




De acuerdo con varios estudios, con información proporcionada por activistas sociales y por los mismos niños que cruzan solos la frontera de Guatemala con México para intentar llegar a Estados Unidos, este largo viaje es una travesía de terror, crueldad y dolor.

El escalofriante éxodo inicia con un pago de 10 quetzales, es decir, alrededor de 20 pesos que los padres de los pequeños entregan a coyotes para cruzar la frontera, sin más compañía que sus miedos.

Así, atraviesan el río Suchiate, abordo de primitivas balsas hechas de tablas o de llantas, y llegan a Ciudad Hidalgo, Chiapas.

Como pueden, estos niños -procedentes de Nicaragua, El Salvador, Honduras y Guatemala- se dirigen a Tapachula. Allí buscan la forma de ganar algo de dinero que les permita continuar el trayecto. Allí, también, existen muchas posibilidades de que se conviertan en víctimas de trata.

Con la amenaza de entregarlos a la Migra, los miembros de la delincuencia organizada los obligan a ejercer la prostitución por 200 o 300 pesos. A estos niños y niñas les dicen “canguritos”, ya que traen colgando, a la altura de la cintura, un cajón con dulces y cigarros para aparentar que son vendedores.

De esta manera, los pequeños se instalan para ofrecer sus cuerpos en el parque Miguel Hidalgo, el cual está ubicado al frente del palacio municipal. O sea, frente a las misma autoridades de la localidad que se hacen de la vista gorda, pese a la denuncia de los defensores de derechos humanos, quienes, incluso, se convierten en perseguidos de la ley.

No todos los niños que viajan solos pueden continuar el camino. Muchos se quedan en Tapachula para trabajar en todo tipo de giros negros, pero la pesadilla tampoco termina para quienes sí lo hacen, pues se prolonga la travesía del terror en el tren conocido como La Bestia.

El viaje en ferrocarril, de aproximadamente 25 días antes de llegar a la frontera de México con Estados Unidos, es igualmente peligroso porque abundan asaltos, secuestros y violaciones. A veces, los secuestradores se comunican con los padres de los niños para pedir rescate; a veces, no se sabe más de ellos.

Quienes tienen la “fortuna” de llegar a Estados Unidos son llevados a los centros de detención. Allí esperarán -solos, sin conocer a nadie y sin entender el idioma- hasta conocer cuál será su futuro, que muchas veces consiste en regresar a su lugar de origen. Es decir, volver al inicio, pero con una nueva y seguramente inolvidable experiencia, cargada de vejaciones y daños, tanto físicos como mentales.

Esta historia inhumana es cosa de todos los días. ¿Cómo permanecer indiferente ante tanta desgracia?
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