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Cartas desde el exilio
 Semana de locos 
Miguel G. Ochoa Santos 03-11-2013 22:00 hrs

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Liga Corta




En ocasiones las cosas marchan tan mal que es imposible no sentirse avasallado por el movimiento ciego y azaroso del acaecer mundano. Es increíble atestiguar que las incompetencias institucionales y empresariales pueden conectarse orgánicamente para crear un entorno esquizofrénico y delirante.

Hace dos semanas me extravié en el laberinto de la impunidad. Después de cambiar el aire acondicionado de mi coche por segunda ocasión, en apenas dos años, nuevamente se averió. Tuve que dejarlo en el taller y pagar nuevos costos de refacciones, a pesar de la garantía.

Al llegar a casa recibí un mensaje del banco donde me pedían verificar unas supuestas compras que había hecho con la tarjeta de crédito. Por lo visto el deporte de la clonación está en expansión, aunque afortunadamente sólo me birlaron 10 pesos porque el banco denegó una compra de 6,500 pesos.

Posteriormente procedí a adquirir un boleto de avión para un profesor español, vía Internet, pero la transacción no se pudo realizar porque el código que el banco me enviaba para autorizar la compra llegaba, una y otra vez, cuando la página de la aerolínea ya había cancelado la operación.

Al día siguiente recogí el coche y aproveché para leer el periódico. Me entretuve con un texto de Roger Bartra, a quien admiro y respeto, pero me sorprendió que estuviese molesto porque los ciudadanos rechazamos la política. ¿Ha perdido la cordura?

Volví a casa para ver el juego del Barcelona contra el Milán; a diez minutos del final la energía eléctrica se interrumpió. El trabajador de la CFE me indicó que el corte era porque no había pagado. Falso, le enseñé el comprobante del abono realizado en un supermercado. Nada se podía hacer porque el dichoso negocio no había transferido a la CFE el pago. Le pedí al hombre un día para arreglarlo, pero la cabeza de estos mequetrefes desconoce el razonamiento y la flexibilidad de criterio. La crueldad del glorioso monopolio eléctrico de la Nación es incalculable, pero la izquierda mexicana sigue defendiendo lo indefendible.

De inmediato llamé a la contraloría interna de la empresa, la atención fue amable, aunque nada eficaz porque me prometieron que reinstalarían el servicio en un tiempo máximo de 10 horas, que en los hechos se transformaron en dos días.

Por la noche, pese al agotamiento, me dirigí al supermercado para pedirles una explicación. La señorita que me atendió comenzó su perorata con la frase mágica: es culpa suya. Como en todos los casos reseñados, nadie tiene la culpa.

Y Bartra quiere más politización, vive en la misma burbuja que los burócratas, fuera del mundo real. Semana de locos.

Miembro del SNI
 
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