

Gerardo-Luna-Tumoine-2024-Opinion
“Corre, dijo la tortuga…” parece una paradoja amable, casi un juego. Pero es una provocación profunda. Una invitación incómoda a mirarnos por dentro sin atajos ni efectos especiales.
Hay canciones que no se entienden a la primera. Y quizá por eso son las más necesarias. No porque sean oscuras, sino porque no se ofrecen a la prisa. Porque no buscan el aplauso inmediato ni los coros multitudinarios. Porque exigen algo que hoy escasea: tiempo.
“Corre, dijo la tortuga…” parece una paradoja amable, casi un juego. Pero es una provocación profunda. Una invitación incómoda a mirarnos por dentro sin atajos ni efectos especiales.
Esta columna nace de un encuentro que tuve con Joaquín Sabina. En aquella conversación me confesó que “Corre, dijo la tortuga” casi no se canta en los conciertos porque mucha gente no la entiende. Y quizá no se entiende porque no se escucha con los oídos del espectáculo, sino con los del silencio. No es una canción para el ruido: es una canción para quien se atreve a detenerse.
Hay letras que no se dejan resumir. No se explican en dos líneas ni se consumen rápido. Piden quedarse un poco más, escuchar sin ansiedad, aceptar que no todo tiene que resolverse de inmediato.
“Déjame solo conmigo, con el íntimo enemigo que malvive de pensión en mi corazón.”
No habla de héroes ni de gestas. Habla de esa conversación incómoda que casi siempre evitamos: la que tenemos con nosotros mismos. De ese otro que vive del otro lado del espejo, al que preferimos no mirar cuando el ruido nos sirve de refugio.
Vivimos entrenados en la velocidad: respuestas instantáneas, soluciones exprés, emociones de consumo rápido. El silencio nos incomoda. La espera nos inquieta. La lentitud nos parece una pérdida de tiempo. Sin embargo, basta detenerse de verdad para descubrir que algo empieza a moverse por dentro.
Cuando se agotan los distractores, cuando la huida deja de ser opción, cuando el ruido se apaga, ocurre algo inesperado: la mente empieza a correr. No hacia afuera, sino hacia dentro.
La conciencia no corre a velocidad digital. Corre al ritmo del corazón cuando se le da espacio. Por eso la tortuga no es una burla a la liebre. Es una pedagogía. Nos recuerda que no todo avance es visible, que no todo crecimiento hace ruido, que no toda transformación se presume. Hay procesos que sólo maduran en la lentitud, en el encierro fecundo, en la espera paciente.
“El receloso, el fugitivo, el más oscuro de los dos, el pariente pobre de la duda, el que nunca se desnuda si no me desnudo yo…”
La canción nombra ese desdoblamiento interior: el orgulloso, el caprichoso, el cómplice traidor. No para condenarlo, sino para reconocerlo. Porque sólo aquello que se mira de frente puede empezar a transformarse.
Hoy celebramos el resultado inmediato, el cambio rápido, la espiritualidad ligera, el sentido en cápsulas. Queremos respuestas antes de formular bien las preguntas. Queremos llegar sin haber caminado. Pero la mente —como la verdad— no acepta atajos. Necesita tiempo. Necesita silencio. Necesita profundidad.
Esta canción no grita hacia afuera. Habla hacia dentro. Le habla a ese otro que vive en nuestra piel, al que llora del otro lado del espejo, al que suele empujarnos —sin que lo notemos— a escribir, a pensar, a detenernos.
Corre, dijo la tortuga. Y el tiempo respondió con una lección incómoda y necesaria: que sólo quien se atreve a bajar el ritmo puede encontrarse de verdad consigo mismo. Porque hay carreras que no se ganan llegando primero, sino quedándose.
Y quizá por eso esta canción me acompaña desde hace años. No como un recuerdo musical, sino como un himno íntimo. La escucho no para distraerme, sino para volver a mí. Cada vez que Corre, dijo la tortuga suena, algo se ordena por dentro, como si una voz antigua me recordara quién soy cuando dejo de correr. Y al compartirla contigo, no intento explicarte una canción: te extiendo una invitación. A que te escuches. A que te mires. A que descubras qué parte de ti necesita hoy bajar el ritmo para poder ser mejor, más honesto, más entero.