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Jairo Mendoza

El espectáculo de la caída de Maduro

El espectáculo de la caída de Maduro

Jairo Mendoza.

En medio de este caos informativo, entre quienes celebran la caída de un dictador y quienes condenan la intervención, suele olvidarse una verdad incómoda.

Jairo Mendoza
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7 de enero 2026

La captura de Nicolás Maduro en Venezuela el pasado 3 de enero por fuerzas especiales estadounidenses no solo es un terremoto geopolítico; es un espejo que desnuda las contradicciones más profundas de nuestra sociedad. En las mesas de los cafés y en las redes sociales, el país se ha dividido entre el festejo eufórico y la condena política. Sin embargo, en ambos bandos hay un común denominador: la comodidad del espectador.

Es interesante observar a quienes celebran la caída de Maduro como un triunfo de la “justicia”, pero estas personas parecen olvidar que están aplaudiendo el regreso de la Doctrina Monroe en su versión más cruda. Festejan que un vecino rompa la puerta de otro para llevarse al dueño de la casa y a su esposa, ignorando que ese vecino (Donald Trump) ya ha advertido que tampoco le gusta nuestra propia cerradura. Celebran la intervención militar como si fuera el clímax de una película de acción, olvidando las muertes de inocentes. Si para ellos Trump “liberó” a Venezuela del socialismo ¿por qué no libera a China, a Rusia o Corea del Norte?

En el otro extremo, observamos a los “antiimperialistas” radicales que defienden a Maduro, desde un iPhone, con un café de Starbucks en la mano y la última serie de Netflix pausada en el fondo. Para estos sectores, la soberanía de Venezuela es un dogma sagrado, defendido con una vehemencia que ignora convenientemente el hambre, el sufrimiento, la muerte y el éxodo de millones de venezolanos. Es una defensa estética de la libertad que no requiere sacrificio personal, solo retórica.

En medio de este caos informativo, entre quienes celebran la caída de un dictador y quienes condenan la intervención, suele olvidarse una verdad incómoda: la revolución se juzga distinto cuando no es tu casa la que bombardearon.

Esa es la clave de nuestra hipocresía colectiva. Nos permitimos el lujo de la opinión moral porque el ruido de los misiles en Caracas nos llega amortiguado por la distancia y el privilegio. Para el mexicano promedio, la caída de Maduro es un evento de consumo; para el venezolano, es una incertidumbre de vida o muerte.

Debo aclarar que no estoy a favor de la dictadura, pero tampoco a favor del intervencionismo, creo que la autodeterminación es la vía de solución en este tipo de conflictos, es decir, que los países decidan sobre su futuro y sus intereses, no que externos vengan a imponer. Tal vez la tragedia de nuestros hermanos venezolanos fue no lograr resolver su destino por propia mano, pero estoy seguro de que, ni usted, ni yo, permitiríamos que un extraño venga a imponer sus decisiones en nuestra casa.

Hoy, mientras el peso fluctúa y Trump se pasea triunfante ante los ojos del mundo, México debería reflexionar sobre su propia vulnerabilidad. Si aceptamos que la justicia internacional depende de quién tiene la fuerza armada más grande, estamos aceptando un mundo bajo la ley del más fuerte. Al final, juzgar una guerra desde el sofá es la forma más segura de ignorar que, en el tablero de ajedrez de Trump, nosotros podríamos ser el siguiente movimiento.

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