

Jairo Mendoza.
La historia siempre nos demuestra lo mismo: cuando la gente vota por un nuevo partido, casi nunca lo hace por amor a una ideología, sino por el desgaste y la decepción que dejaron los que ya estaban.
El mapa político de nuestra continente volvió a cambiar de color. Después de varios años donde la balanza se inclinó hacia la izquierda, hoy muchos países han decidido regresar a los gobiernos de derecha, recientemente con el triunfo de Abelardo De la Espriella en Colombia. Pero ojo: esto no significa que la gente se haya vuelto fanática de una ideología de la noche a la mañana. En realidad, es el resultado de un voto muy práctico; la ciudadanía simplemente votó por un cambio porque está cansada de los mismos problemas de siempre.
La historia siempre nos demuestra lo mismo: cuando la gente vota por un nuevo partido, casi nunca lo hace por amor a una ideología, sino por el desgaste y la decepción que dejaron los que ya estaban. Esta vez, el triunfo de los sectores conservadores y más liberales es un señal de una sociedad que pide a gritos tres cosas básicas: orden, seguridad en las calles y, sobre todo, que el dinero rinda. En un mundo donde todo está carísimo y la economía está estancada, las promesas de recortar gastos innecesarios en el gobierno, traer empresas que generen empleo y quitar tanta traba burocrática terminaron convenciendo a un electorado que ya no puede más con el bolsillo apretado.
Sin embargo, el verdadero examen para estos nuevos gobernantes empieza ahora que ya gobiernan. Ganar una elección es fácil con un buen discurso, pero mantenerse con el apoyo de la gente requiere hechos reales. Una ama de casa que estira el gasto diario o un burócrata que lucha con el transporte público no evalúan a un gobierno por sus teorías económicas; lo miden por cosas concretas: si bajó el precio de la canasta básica, si hay medicinas en los hospitales, si las escuelas públicas funcionan, si hay obra pública y si hay empleos dignos. Esas son las verdaderas cuentas que la gente siempre cobra en las elecciones.
Además, para poder gobernar bien, estos nuevos líderes van a tener que aprender a platicar y negociar con quienes piensan diferente. Como el poder está muy repartido y los congresos están divididos, querer imponer las cosas a la fuerza nunca va a funcionar. El éxito de estos gobiernos dependerá de que sepan dialogar, respeten las leyes y las instituciones, y no caigan en el juego de dividir al país.
En pocas palabras, este giro a la derecha no es más que una evaluación para poner en práctica los discursos. Si las nuevas autoridades no logran que las propuestas se conviertan en mejoras reales dentro de los hogares, la gente se va a cansar rápido y volverá a buscar otra opción en las próximas elecciones. Al final, más allá de los partidos políticos, e ideologías, lo único que le importa al ciudadano de a pie es que el gobierno funcione y dé resultados. Al tiempo.
@jairomendoza