

Juan Carlos Ramos León.
A todos nos han tocado días grises en los que la esperanza parece haberse esfumado. Lo bueno es que pasan.
La sabiduría popular afirma que “la esperanza es lo último que se pierde”. Pero yo creo que más bien la esperanza es algo que nunca se debe de perder. ¿Cómo podría uno levantarse por las mañanas y salir de la cama si ha perdido la esperanza? Con la pérdida de la esperanza se pierde absolutamente todo el sentido de la vida misma, no tiene caso hacer absolutamente nada ya que prácticamente se viviría en automático, como si de un robot se tratase, haciendo operaciones programadas, siguiendo rutinas preestablecidas, y cumpliendo funciones orgánicas solo para darle “mantenimiento” a la maquinaria para que siga funcionando y no se detenga.
A todos nos han tocado días grises en los que la esperanza parece haberse esfumado. Lo bueno es que pasan. Pero siendo conscientes de ello, al sentirnos así lo que debemos de hacer es cerrar brevemente los ojos y recordar por qué estamos aquí, a quién o quiénes nos debemos y prácticamente realizar un “inventario” de todas aquellas cosas por las que vale la pena ponerse de pie y seguir luchando con la certeza de que las cosas irán mejor y de que siempre vendrán tiempos mejores.
Y, por otro lado, hay que considerar el tratar de ser luz que ilumine a aquellos que pueden ser quienes estén caminando por callejones obscuros. Ayudar a otros a no perder la esperanza o a recuperarla pronto si ya lo han hecho. Siempre hay algo que se puede hacer por los demás y quizás el ayudarles a recuperar la esperanza pueda ser una de las acciones más loables.
¿Qué puede hacer que alguien pierda la esperanza? Desde un acontecimiento desfavorable de alto impacto como la enfermedad o la muerte de un ser querido, un divorcio, perder un empleo, sufrir un accidente… Hasta una serie de sucesos, quizás no de tan alto impacto, pero que en suma llegan a representar un deterioro importante para la persona; como dicen por ahí, “no es lo duro, sino lo tupido”. Para afrontar esto y no caer en la desesperanza se necesitan, principalmente, dos cosas: Fe y acompañamiento. Ayuda.
La fe ayuda muchísimo a no perder la esperanza. Ambas son, junto con el amor, las tres virtudes teologales así definidas por la doctrina católica. Y es la fe la que “mueve montañas”, y la que da la certeza de que hay un ser superior, que además nos ama y que siempre estará ahí para nosotros. Y esto nos lleva al otro elemento que nos ayuda a no caer en la desesperanza: la compañía. O el acompañamiento, pues. Quiere decir el sostenerse del brazo de alguien, casi siempre un ser amado, que nos da fortaleza y seguridad, aunque también puede tratarse de algún experto o especialista como un sacerdote, psicólogo o consejero espiritual. El caso es no permitir a toda costa que se pierda la esperanza.