

Julieta del Río.
De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en 2024 el 22% de las mujeres usuarias de internet en México (alrededor de 10.6 millones) experimentó algún tipo de violencia digital.
Julieta del Río
En la antesala del 8 de marzo, cuando el mundo conmemora el Día Internacional de la Mujer, abundan los foros y discursos sobre igualdad. Pero más allá de las palabras, marzo debe servir para reconocer las violencias que persisten y que hoy adoptan nuevas formas.
Una de ellas es el ciberacoso contra niñas y mujeres, agravado por el uso de inteligencia artificial. La manipulación de imágenes, la creación de contenido íntimo falso, los montajes digitales y la suplantación de identidad han abierto nuevos frentes de agresión. Los “deepfakes” muestran lo devastador de esta práctica, especialmente en entornos escolares, donde estudiantes han sido víctimas de imágenes alteradas para humillarlas.
De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en 2024 el 22% de las mujeres usuarias de internet en México (alrededor de 10.6 millones) experimentó algún tipo de violencia digital. No son hechos aislados, sino una problemática estructural.
La Organización de las Naciones Unidas ha advertido que las agresiones en línea afectan directamente la igualdad y la seguridad de las mujeres. La violencia digital incluye ciberacoso, discursos de odio, difusión no consentida de contenido sexual y la creación de imágenes o videos manipulados con inteligencia artificial.
El daño no es virtual; es real. Para una adolescente, la circulación de contenido íntimo (aunque sea falso) puede marcar su vida. Impacta su autoestima, su salud mental y su desempeño escolar. El miedo y la vergüenza suelen silenciar a las víctimas mientras el contenido continúa circulando sin control.
Recientemente, Netflix difundió un documental sobre Jeffrey Epstein que evidencia cómo durante años las denuncias fueron ignoradas. La lección es clara: el silencio institucional agrava el daño. Cuando la justicia no escucha, la revictimización se profundiza.
Si denunciar ya es difícil; lo es aún más cuando las autoridades minimizan los hechos o trasladan la culpa a quien sufrió la agresión. En el entorno digital, la indiferencia multiplica la exposición y prolonga el sufrimiento.
Por ello debe prevalecer una cultura de protección, especialmente en las instituciones educativas. No pueden reducir estos casos a “conflictos entre estudiantes”. Se requieren protocolos claros, atención psicológica, asesoría jurídica y mecanismos de actuación inmediata. Escuchar, creer y proteger es el primer paso para romper el ciclo de violencia.
El 8 de marzo no puede quedarse en discursos. Debe ser un llamado firme a erradicar todas las formas de violencia, incluidas las que se ejercen desde una pantalla. La tecnología no puede convertirse en territorio de impunidad. Defender a niñas y mujeres es una obligación ética, jurídica y social.
@julietdelrio