

Cuquita Ávalos. | Foto: Cortesía.
El caso de Cuquita Ávalos recuerda a esos fichajes de último minuto: cuando las opciones se reducen, cualquier camiseta disponible empieza a parecer estratégica.
En el futbol, todavía existe algo incómodo pero necesario: el marcador. Mineros cayó ante Tepatitlán en semifinales y no hubo conferencia capaz de convertir la derrota en “avance del proyecto”. Se perdió, sin matices ni discursos que maquillen el resultado. Así de simple. Así de raro, si lo comparamos con la política.
Porque mientras en la cancha el gol cuenta o no cuenta, en la vida pública todo depende de quién narre el partido. Esta semana, el guion vino desde la tribuna oficial: unidad, fortaleza y liderazgo rumbo al famoso “segundo piso”. Un equipo que, según su propio comentarista, no solo gana, sino que además domina el torneo… aunque el público tenga dudas sobre el marcador real.
El relevo en la dirigencia, con Ariadna Montiel al frente, entra como cambio táctico perfectamente calculado: no para modificar el juego, sino para confirmar que el vestidor sigue alineado. En política, los movimientos rara vez buscan sorprender al rival; más bien buscan que nadie se salga del libreto.
En contraste, el América vs Pumas nos regaló un 3-3 de esos que no admiten interpretación: errores, aciertos y emociones reales. Nadie pudo vender el empate como goleada. Nadie habló de “otros datos”. Fue lo que fue. Algo que en política sería considerado un acto de honestidad brutal.
Cruz Azul, por su parte, hizo lo impensable en ambos mundos: cumplir. Le ganó al Atlas, sumó puntos y evitó la tentación del discurso épico. Ganar sin prometer una transformación histórica… qué concepto tan subutilizado fuera del deporte.
Pero si de movimientos hablamos, el mercado político también tuvo lo suyo. El caso de Cuquita Ávalos recuerda a esos fichajes de último minuto: cuando las opciones se reducen, cualquier camiseta disponible empieza a parecer estratégica. Movimiento Ciudadano aparece como ese equipo que nunca cierra del todo la puerta, listo para recibir a quien aún busca minutos en la cancha. Aquí no hay transferibles; hay “nuevos comienzos”.
Y justo cuando el torneo político parece estabilizarse, llega una de sus competencias favoritas: la semana previa al Día de las Madres. Ahí sí no hay divisiones ni colores. Todos juegan de locales, todos reparten flores, todos ensayan discursos emotivos y todos descubren, al mismo tiempo, un profundo amor por las madres zacatecanas.
Es el torneo más predecible del calendario: gana quien logre la foto más cálida, el abrazo más largo y la promesa más convincente. Después del 10 de mayo, el estadio vuelve a la rutina: gradas a medio llenar y compromisos que se enfrían más rápido que los aplausos.
Al final, la diferencia entre futbol y política sigue siendo clara. En uno, el resultado se ve en el marcador; en el otro, en el discurso. Mineros no pudo esconder su derrota, el América y Pumas no pudieron evitar el empate y Cruz Azul simplemente ganó.
En la política, en cambio, todos parecen ir invictos, Aunque el partido diga otra cosa.